Viernes, 23 de junio de 2006
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Cultura
Análisis, por Roberto Herrero. Teatro abierto
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Se programó en las pasadas Jornadas de Teatro de Eibar. Allí pudimos ver que el público mostraba cierta propensión a reír en los primeros minutos. Quizás porque algunos de sus protagonistas son muy populares por series televisivas y películas divertidas como El otro lado de la cama y su posterior secuela. O, quizás, porque el tema que se les plantó delante es de los que provoca cierta incomodidad. Especialmente si se presenta ante los espectadores desnudo y sin filtros edulcorantes, como ocurre con esta producción de Animalario, compañía que tras removernos con el dolor del mono más humano en Copito, ahora deja sus cartas bien visibles sobre la mesa. La jugada va de pederastia, de niños rotos y de adultos envueltos en un mar de miserias. Va de fotos, de nombres sin rostro, de jueces, periodistas, educadores, padres, hijos. Habla de cómo las palabras acaban haciéndose dueñas de las situaciones. Muestra el silencio de una sociedad que mira para el otro lado, saca los colores a todos esos profesionales que trabajan con niños como José Mari, que parece no encontrar salida a su drama. Y nadie surge bien librado de la batalla.

En Animalario han escogido un arriesgado formato, sin escenografía, con una iluminación plana y eso cuando hay iluminación, con unas interpretaciones al borde del desgarro, con una visión colectiva de trabajo. En definitiva, con un envoltorio áspero, frágil, inquietante, frío y, al mismo tiempo, muy libre. Adquiere mucha importancia la figura del actor-narrador, que ha sido engarzado con gran soltura dentro de la acción. Su trabajo agiliza los hechos, engancha a actores y espectadores, humaniza un espacio poblado de personajes que de otra manera parecerían demasiado lejanos en más de una ocasión. Los otros actores van intercambiándose los personajes, siempre en escena aunque en muchos momentos estén en un segundo plano. Hay generosidad actoral en la forma de escuchar, en el sentido de grupo que preside el trabajo y en el reto que aquí escogen actores que triunfan en cine y televisión y que con otro tipo de teatro podrían estar forrándose.

Hamelin tiene un gusto excesivo por incidir en ideas y situaciones y eso hace que a la obra le sobren no sólo algunos minutos, sino también algún que otro paso de tuerca que se podría evitar. Parece el producto de un gran enganche entre los creadores y la misma creación. Un pequeño problema para un montaje excelente y puede que polémico.



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