Cáritas de Gipuzkoa presentó recientemente su memoria de actividades correspondiente al 2005 y la realidad que deja traslucir este informe es lo suficientemente significativa como para ser tomada en consideración. Cáritas atendió a lo largo del año pasado a casi 15.000 personas en Gipuzkoa, repartidas entre inmigrantes, personas sin hogar, enfermos de sida, mujeres sin recursos, jóvenes en situación de riesgo, etc. Con la aportación de más de mil voluntarios y un presupuesto que supera los cuatro millones de euros, Cáritas proporcionó atención asistencial a casi 5.000 personas en sus hogares de acogida y prestó también ayuda material a 9.500 personas más a través de las 150 comunidades parroquiales repartidas por el territorio guipuzcoano.
El significativo esfuerzo promovido por Cáritas revela una realidad en Gipuzkoa que va más allá de la difuminada percepción social que puede haber sobre su existencia. En el seno de una sociedad tan desarrollada y hasta opulenta como la guipuzcoana resulta difícil que la inmensa mayoría de la ciudadanía conecte cotidianamente con la evidencia de situaciones de exclusión social cuya proximidad y alcance resultan innegables. Esta marginación afecta a un colectivo de personas cada vez más amplio y no se circunscribe sólo a la posibilidad de satisfacer determinadas necesidades primarias como la alimentación o el alojamiento, sino que va mucho más allá y reclama también una atención sociosanitaria adecuada y en última instancia una acogida afectiva capaz de posibilitar en la medida de lo posible una vida normalizada y plenamente integrada en el seno de la sociedad.
La casi imposibilidad de acceder a una vivienda y la creciente incidencia de un catálogo diverso de diferentes enfermedades mentales constituyen hoy en día los factores influyentes más negativos que obstaculizan la posibilidad de contrarrestar más eficazmente el fenómeno de marginación y exclusión social que padece Gipuzkoa. Una tarea en la que el papel de las instituciones públicas concernidas resulta sustancial. Y en ese sentido, y a pesar del esfuerzo creciente que dichas instituciones están protagonizando en esta materia, es preciso subrayar que persiste aún un largo camino por recorrer por parte de estos organismos e instituciones (Osakidetza, Gizartekintza, etc) a la hora de mejorar significativamente los recursos que ahora mismo destinan para la atención sociosanitaria de las personas pobres y marginadas. De la misma manera que también la sociedad guipuzcoana en su conjunto debe asumir que éste no es un problema colateral, ni ajeno a su responsabilidad y compromiso colectivos.