Sorprende, así la veas en festivales, en seminarios o en la rica intimidad del cine Trueba, esta película que pasea su cámara de guerrilla y sus actorazos soberanos por medio mundo mientras cuenta historias de la puta vida, esta que te deja en el paro a los 50 cuando no eres ni chicha ni limoná en las listas del INEM. Historias de la puta vida y de la puta revolución pendiente. Historias putas de la calle y de la noche. Del mundo que se te desmorona, de la familia que se te destranca. De los movimientos antisistema total que te desean símbolo cuando tú, pobre y triste tú, sólo te quieres normal, lo más normal posible, en este jodido mundo en el que tú, para sentirte algo más que un paria del INEM, para saberte vivo y en activo, pillas taxis que dormitan en los parkings, haces unas cuantas carreras con ellos y luego los aparcas de nuevo dejando en la guantera algo de dinero para su titular y el depósito de gasolina lleno, porque tú, pobre triste tú, parado estás, roto estás, pero legal, eres legal, jodidamente legal.
Y por ser tan legal, la película que cuenta tu vida, reparte estopa de la rica a propios y extraños. A los buenos y a los malos. Irónica, agraz, ácrata, se solivianta cámara al hombro, tranco por tranco. Y le pone las pilas al espectador que se haya podido quedar apoltronado. Le busca las cosquillas y le hace plantearse mil jodidas preguntas sobre la ficción y la realidad, sobre el cine documento, el cine denuncia y el cine pasatiempo.
Es tan legal el taxista, tan legal la película en la que está metido (la película de su vida), que no se casan con nadie, no se embarcan con nadie, y se quedan con todos. La vida, el taxi y el cine son así.