En estos días de canícula, centenares de alumnos han pasado por las horcas caudinas de la selectividad. No es que sea una prueba en sí demasiado difícil, lo lograrán la mayoría si llevan una preparación no demasiado exigente. Donde radica su importancia es en la nota que obtengan para poder optar a los estudios deseados. Después de haber cursado bachillerato con aprovechamiento, esta prueba, tal como está planteada, no tiene demasiado sentido. Es impensable que una persona que quiera cursar humanidades no lleve una formación adecuada, que no conozca a fondo la literatura, su literatura, especialmente la de los siglos XIX y XX, y no como pasa ahora, que no se examinan de literatura en selectividad, con lo que no entra realmente en los programas, y si se incluye, no se da porque no hay tiempo.
Ese alumno podrá ser el día de mañana abogado o historiador y ha salido de bachillerato sin un mínimo conocimiento sobre Machado, Baroja o Lorca. ¿Vaya bachillerato! Pero eso no se ve y no parece que a los padres les preocupe esta carencia asnal pues no dicen nada, no se manifiestan por la calidad de los programas de sus hijos, les importa más otras baratijas, más los entremeses que el plato fuerte. Y lo mismo se puede decir de los alumnos de ciencias. Que escriban con corrección y exactitud, de acuerdo, pero no sirve demasiado el que tenga que superar un comentario lingüístico un futuro químico, matemático o arquitecto, que lo que quiere es entrar en una facultad de ciencias. Que se le exija competencia en el campo las ciencias, y no que pongan trabas con materias que le resten puntos a sus méritos y que no van a tocar más. Eso no es ayudar, sino poner dificultades sin sentido. Alguna forma de selectividad tiene que haber, tanto para comprobar su preparación como para optar de acuerdo a la oferta limitada de plazas. Pero tal como está plantada, en mi opinión, habría que cambiarla. Después de haber estudiado un tronco común, cuando un alumno ya ha superado el bachillerato, ya ha hecho méritos, no complicarle más su futuro.
Es el momento de ir hacia lo específico, que la selectividad sea orientada hacia lo que opta, y que pueda demostrar su preparación específica, su valía para esas materias. Desde la perspectiva de mis largos años de profesor en bachillerato, quiero hacerles a los padres unas puntualizaciones. La mayoría de los alumnos de 2º de Bachillerato, del antiguo COU, en el mes de marzo no saben todavía lo que quieren, no se deciden por una especialidad. Pero el tiempo apremia y, salvo unos pocos que lo tiene claro, un porcentaje alto sigue sin tener una idea precisa de lo que quiere estudiar hasta junio. Esta indeterminación hace que unos se embarquen en estudios que no pretendían. Otros no obtienen la puntuación requerida, lo que hace que se matriculen en otra facultad. Unos y otros han empezado con mal pie.
Y también los hay que consiguen matricularse en los estudios contemplados, pero pasa un tiempo y se encuentran con que aquello no es lo que se habían imaginado.
Por los contenidos, por la forma de darlo, por su dureza, por sentirse desilusionados, por mil motivos no le ven sentido. Una carrera no hay que terminarla necesariamente. Los estudiantes, como personas que son, tienen derecho a equivocarse, y de sabios es rectificar. Y es preferible darse cuenta a tiempo y cambiar que continuar con unas materias para las que no se tiene aliento y ánimo. Esto ocurre con frecuencia, y es muy humano. Pero son muchos los padres que lo ven como un fracaso, como un síntoma de inmadurez (y no como el hijo del vecino, que es un lince), lo que hace que el joven siga cursando unos estudios que no le satisfacen. Ahí es fundamental la labor de los padres, que deben animar a plantear el tema y que ese hijo cambie sin traumas si no ve aliciente en la meta a la que se dirige. Los estudios realizados no le vendrán nunca mal, sino todo lo contrario. La vida es larga y una profesión bien elegida es fundamental para intentar ser feliz, que no es poco, por lo que se debe contemplar el derecho a rectificar. ¿De qué le sirvió, de forma específica, a Félix Rodríguez de la Fuente estudiar para ser dentista, ser ginecólogo al señor Pujol o perito electricista al eminente escritor Joan Manuel Gisbert? Con su hijo puede suceder lo mismo. Dichoso aquel que en la vida sabe ver su error, o, como lo dijo más claro y preciso monsieur Voltaire, «ama la verdad, pero perdona el error».