Gordo, calvo y supuestamente feliz

ROBERTO HERRERO

La curva de la felicidad es en el hombre lo que otras curvas más sureñas en la mujer cuando ambos entran en cierta edad preocupante. Lo de unir felicidad y tripa cervecera suele ser un intento de engañar a los espejos y de no hacerse muchas preguntas. Cargar con las culpas a la lata de refrescante espuma es un consuelo que seguro evita muchas facturas del psicólogo. Al protagonistas de esta comedia le ha abandonado su mujer acusándole de gordo y calvo y cambiándole en el mercado afectivo por un ejemplar de mejor ver.

El resultado es un hombre deprimido, incapaz de asimilar lo que le acaba de ocurrir y ejemplo del típico desastre masculino al que la vida se le convierte en un tsunami en cuanto su mujer sale por la puerta para no volver.

La comedia que han escrito Eduardo Galán y Pedro Gómez es bastante hábil, tanto como previsible y llena de tópicos. Pero los cuatro palitos con los que sujetan la función desde el texto están bien colocados y a golpe de continuos chistes van construyendo una entretenida velada a la que uno se entrega como si un inevitable aguacero veraniego se tratara.

El público, que llenaba la sala, tenía ganas de reír y no salió defraudado. Es cierto que sólo con verle la cara a Pablo Carbonell más de uno ya se tronchaba, pero eso sólo fue el principio de una cascada de risas que, a veces, impedían escuchar a los actores.

Y los actores completaban bien el panorama. Carbonell es mucho Carbonell y tiene un tirón bestial de reminiscencias televisivas, supongo. A su lado otros tres actores cumplen bien en la escolta, destacando un Josu Ormaetxe que es lo mejor de la obra. Los cuatro tiran mucho de tics y de recursos con el aplauso asegurado. Lo saben y lo usan. Con ellos la fiesta acabó por redondearse.

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