Domingo, 18 de junio de 2006
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Conventos
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Hay programas que llaman la atención no porque los vea mucha gente o porque su tema vaya a ser muy comentado, sino por lo radicalmente insólito de su planteamiento. Eso ocurría con el reportaje de 'Crónicas' de este fin de semana, en La 2, pictóricamente titulado 'Interior de monasterio' y dirigido por Reyes Ramos.

Su argumento era muy elemental y, al mismo tiempo, original a más no poder: entrar en dos conventos de clausura -ambos del Císter- y recabar los testimonios de los monjes y monjas que allí viven. Digo original porque, que yo recuerde, hace años que la vida monástica está desaparecida de la pantalla. Las puertas de los conventos sólo aparecen en la tele cuando se casa alguien importante, por aquello de los huevos antichubasco ofrecidos a Santa Clara, o cuando algún disco de gregoriano bate récord de ventas. Pero que unos cuantos monjes y monjas salgan en pantalla para contarnos por qué están ahí, eso es absolutamente insólito.

Lo que 'Interior de monasterio' trató de narrarnos -de forma, ciertamente, algo superficial- es por qué hay gente que abraza la vida contemplativa. Doce mil monjes y monjas en España, según las cifras de La 2. «Vivir en clausura en el mundo en el que estamos puede parecer una locura», nos decían en 'Crónicas'. Será verdad. Pero unos cuantos millones de habitantes de grandes ciudades podrían perfectamente sostener que la locura es vivir en Madrid o Barcelona, por ejemplo, con sus ritmos endiablados, su hostilidad interiorizada, su anonimato de masas y, en fin, su mala leche. La vida contemplativa tiene mala reputación en el mundo moderno porque ha sido tachada, al menos desde el siglo XVIII, de «improductiva», y la mancha aún perdura.

Es paradójico, porque, inversamente, hoy gozan de muy buena fama -televisiva- la vida retirada de los monjes budistas del Tíbet o la austera existencia de los yoguis de la India, esto es, formas de vida contemplativa ajenas a nuestra tradición cultural. Fue muy interesante, en el reportaje de Reyes Ramos, escuchar las razones y pasiones -porque la ascesis también es una pasión- que mueven a hombres y mujeres de toda condición, con sus carreras universitarias o sin ellas, con sus novios o sin ellos, a dejarlo todo para abrazar a Dios, que al cabo de eso se trata.

En el lenguaje contemporáneo es imposible no rodear esta actitud con la habitual retórica de la autorrealización personal; sin embargo, es una forma de afirmarse que consiste en negarse, en darse, en entregarse. Y de fondo, imágenes tan rigurosamente intemporales como la de esas monjas jugando en el claustro con el agua de una fuente, o la de esos monjes que pacientemente pulían un icono con la misma mano que lo hizo mil años atrás. Lo dicho: insólito en televisión.



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