Un caso aparte en toda esta crítica situación es la empresa Anchoas Lolín, con sede en Castro, en Cantabria, que ha adquirido más del 50 por ciento de la anchoa desembarcada en el Cantábrico y la mayor parte también de la capturada por los arrastreros pelágicos de Francia, pese a sus altísimos precios. En total, Anchoas Lolín ha invertido 4,2 millones de euros en lo que va de costera para adquirir una anchoa que muchos días ha estado al precio de oro: una pieza de anchoa a 1 euro. Jesús Gutiérrez , de Anchoas Lolín, justificaba este gasto para seguir perpetuando la fama de las producciones de Lolín, caracterizadas por trabajar exclusivamente con anchoa del Cantábrico. Gutiérrez señalaba que «no nos ha quedado más remedio que seguir apostando por la anchoa del Cantábrico porque nuestros clientes hosteleros nos la piden. Hemos comprado todo lo que hemos podido. Algunos días lo hemos pasado bastante mal porque nuestras compras se situaban a unos precios increíbles». Esta empresa lidera la fabricación de grandes latas en el mercado español. Sus principales clientes son hoteles y restaurantes.
El resto de empresas no está en la misma situación. Jon Larrucea señalaba que «en esta crisis, los menos culpables somos los empresarios conserveros. En los años 70 y 80, cuando realmente empezó la crisis por la falta de capturas y la inestabilidad de precios, se nos criticó por ir a Suramérica a comprar anchoa salazonada, que después transformamos en nuestras fabricas de aquí. Han pasado los años y el tiempo nos ha dado la razón... ¿Qué hubiera pasado de no haber tomado esa decisión? ¿Cuantas industrias conserveras estarían abiertas actualmente de no contar con esas importaciones?». Para Larrucea «el fabricante ha sabido buscar un equilibrio y abastecerse de materia prima, según las dificultades que ha encontrado, de la competencia de otras regiones y países o de la adaptación lógica de los mercados. Es la evolución natural de un producto que nadie puede controlar y lo que tenemos que hacer, por obligación, es adaptarnos».