Sábado, 17 de junio de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
CRÍTICA LA CONDESA RUSA
El embrujo de Shanghai
El embrujo de Shanghai
Natasha Richardson.
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Título: La condesa rusa (The White Countess, Gran Bretaña, EE.UU, Alemania, China, 2005) Dirección: James Ivory. Guión: Kazuo Ishiguro. Fotografía: Christopher Doyle, Lai Yiu-Fai. Música: Richard Robbins. Intérpretes: Ralph Fiennes, Natasha Richardson, Vanessa Redgrave. Duración: 125'. Cine de estreno: Príncipe.

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«Han hecho falta muchos hombres para que yo me llame Shanghai Lilly». Eran otros tiempos. Bastaba con una frase tal que esa (Marlene Dietrich en El expreso de Shanghai de von Stenberg) para que el espectador lo supiese todo, lo intuyese todo, lo soñase todo, lo viviese todo. Anunque los decorados fueran falsos, aunque la Historia estuviese siendo traicionada. Pero bastaba una frase, una mirada, una luz de cine puro. Ahora no. O al menos, no le basta al Ivory que ha dirigido grandes películas (Lo que queda del día, ¿tal vez?) y terribles, aparatosos, exquisitísimos horrores como Las bostonianas. Ivory tiene una perla entre las manos, ante su cámara: el Shanghai que va a ser tomado a sangre y fuego por los japoneses. La I Guerra Mundial ya pasó. La Revolución de Octubre convirtió a los duques rusos en cargadores de muelle y a las condesas en damas de la noche. La II Guerra estallará pronto. Shanghai es la ciudad en la que cada cual vive su mundo, su sueño, su pesadilla. Exiliados, apátridas, gentes en perpetua huida... Shanghai. Podría ser Casablanca. Podría ser Macao. Podría ser el Hong Kong de aquella bellísima La caja china. Y porque podría ser todas esas ciudades de pesadilla y ensueño y porque el espectador reconoce en cada personaje a los suyos, a sus critaturas hechas con la materia misma del celuloide, la película funciona. Por el misterio, la intriga, el melodrama, el folletín. Funciona porque aquí vemos al Rick de Bogart y allá a cualquier soldado de fortuna de los que interpretaba Gary Cooper. Pero no es La condesa rusa una película plena. Demasiado parsimoniosa, frígida, formal y formalista en sus maneras. Acostumbrado a historias y movimientos muy íntimos y delicados, Ivory no sabe qué hacer cuando se enfrenta a las escenas de masas, a las secuencias de invasión y bombardeo. Falta de cualquier atisbo de sorpresa, de atrevimiento, lastrada por un doblaje espantoso, incapaz de violentar la personalidad de sus protagonistas (esquemáticos, fríos, deudores de todos los que en El Cine han sido) La condesa rusa se ve a gusto pero el espectador siente la urgencia de querer empujarla para que avance rápida. mítica y rotunda hacia su destino.



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