Jueves, 15 de junio de 2006
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El paradigma de la anchoa
«El futuro de la anchoa es -a escala local- todo un paradigma del gran debate global sobre la amenaza a la Biodiversidad y el Cambio Climático, pues le afectan las mismas incertidumbres»
Coincidiendo con la última Conferencia sobre Biodiversidad, el Ministerio del Medio Ambiente hizo público un informe sobre el Cambio Climático cuya conclusión, en el más venial de los supuestos, prometía un futuro bastante apocalíptico. Además de acentuar los índices sobre el incremento de la temperatura del planeta y la acelerada fusión de los hielos, el informe subrayaba dos vectores que nos tocan muy de cerca. Por una parte, la subida de las aguas del Cantábrico como consecuencia del calentamiento global, que podrían ascender por encima de los treinta centímetros -con lo que desaparecerían todas nuestras playas-. Y por otra la desaparición de especies ya amenazadas, a consecuencia de sumar a los factores conocidos la sobreexplotación de nuestros recursos naturales.

Desde la semana pasada, ambos vaticinios vienen siendo noticia de primera página. Un día el Instituto Vasco de Meteorología nos anuncia que la antaño pluviosa Gipuzkoa ha entrado en riesgo de sequía. Y muchas noches vemos salir del puerto de San Sebastián pesqueros más que tristes, no sólo porque saben que volverán casi de vacío. Quizá les duele más saber que los arrantzales del otro lado de la muga no van a respetar el paro biológico que se merecen caladeros como el de la anchoa y que, lejos de toda hermandad o de cualquier forma de solidaridad, van a proseguir su política de saqueo del mar. Está claro los intereses de los arrantzales de Iparralde y los de Hegoalde ni viajan en el mismo barco, ni hablan el mismo idioma. Ahora bien más allá de su responsabilidad puntual en esta devastación, también cabe preguntarse por otras responsabilidades en todo lo que afecta al Cambio Climático, incluida la destrucción de la Biodiversidad.

A primera vista pudiera parecer que, palabras tan grandes, sólo pueden ser competencia de grandes gobiernos. Sin dejar de ser cierto, no es menos cierto que sería demasiado injusto cargar con la responsabilidad de las emisiones de gases de efecto invernadero sólo a las políticas industriales y a las grandes industrias. Volviendo a las disonancias entre Iparralde y Hegoalde, es interesante saber que una misma casa nueva, a uno y otro lado de la frontera, consume un 40% más de energía en España que en Francia. Y aun así, el País Vasco es una de las comunidades que observan un mejor comportamiento medioambiental dentro del Estado. La valoración, subrayémoslo, vale tanto para nuestras empresas como para la ciudadanía en su conjunto. Actualmente, Euskadi es la región de la UE que cuenta con mayor número de empresas acreditadas con sistemas de gestión ambiental en relación al PIB. Y asimismo, si cada ciudadano de este país emite una media de 9,6 toneladas de CO2 a la atmósfera, cuando ese ciudadano reside en nuestro territorio, baja la media hasta un 8,5. En cualquier caso, si dentro de este muestreo hay un sector que se merece un premio, éste lleva el label de nuestros arrantzales. Estos pescadores del oro plateado han sido capaces de quitarse de la boca, y de la cartera, el recurso natural del que viven. Y lo han hecho no sólo por una cuestión de estricta supervivencia a largo plazo, sino también por una clara conciencia ecológica. ¿ Cuántos de nosotros actuaríamos como ellos -y no como los arrantzales franceses- ante una expectativa semejante?

A diferencia de otros efectos de la explotación de los recursos, la desaparición de una especie -como puede suceder con la anchoa cantábrica a corto plazo- supone un daño irreversible. Si seguimos como hasta ahora, causaremos pronto la desaparición no de una, sino de 16.000 especies animales y 60.000 vegetales. El ser humano tiene mucho que aprender de esta inminente extinción masiva. Dependemos de nuestros ecosistemas bastante más de lo que creemos, y no sólo a título energético y nutricional. Por ejemplo, el 70% de los fármacos actuales proceden directamente de la naturaleza. No hemos inventado el Protocolo de Kioto sólo para contener esa caída en picado desde las altas esferas. Una vez más, hay que recordar que el compromiso de su cumplimiento implica asumir cambios profundos en nuestros hábitos de vida.

Empezamos prescindiendo de los aerosoles con gases CFC y consumiendo productos menos contaminantes. No obstante, todavía abundan las familias enganchadas a alimentar un par de coches -más la moto del niño-, en detrimento del transporte público, las que aún no se han enterado que un baño diario supone un despilfarro -mucho más ecológica una buena ducha-, las que mantienen todos sus electrodomésticos en stand by, o las que abusan, en invierno de su calefacción, y en verano de sus aparatos de aire acondicionado. Según Greenpeace, los hogares españoles podrían llegar a ahorrar hasta un 9,4% de la energía que se consume en este país. Un consumo energético equivalente al de toda la Comunidad de Valencia, y esto sólo con un cambio de hábitos, sin pérdida del nivel de vida de las familias. ¿ Podemos aplicar ese mismo ratio a la Biodiversidad, y atenuar el saqueo de nuestros mares y la desaparición de especies autóctonas llevada a cabo por pesqueros de cualquier bandera, sea ésta vascofrancesa o japonesa?

Por supuesto que sí. La misma política de responsabilidad medioambiental que defienden muchos ciudadanos -en lo que afecta a reducir el consumo de energías contaminantes y apostar por las renovables-, es extensible a los consumidores que se acercan a una pescadería de barrio, o a una gran superficie, y advierten que lo que se le ofrece es precisamente lo que han luchado por dejar en el mar nuestras ejemplares cofradías de pescadores. Pero hay más, porque la política también sirve para esto. Y si no sirve, no es que la política esté mal. Es que tenemos que cambiar de políticos.

Sean cuales sean nuestros problemas medioambientales, hoy ya es una exigencia absoluta abordarlos desde pactos regionales y leyes internacionales. Ningún país reformará sus industrias contaminantes -por el alto coste que supone- si las de su vecino no encuentran trabas y contaminan impunemente. Esa es la clave del modelo de Globalización Ilustrada que propone el Protocolo Kioto. De Kioto a Euskadi, está muy bien que nuestros representantes políticos viajen a Madrid y a Bruselas reclamando la Veda Biológica. Pero todavía estaría mejor que cruzasen la muga, no tanto para escenificar la bucólica pastoral de la hermandad transfronteriza -como acostumbran-, sino para hablar fuerte con a sus homólogos de Biarritz y Bayona y resolver el contencioso que enfrenta a los arrantzales de aquí y de allá, por el bien de todos.

En este sentido, el futuro de la anchoa es -a escala local- todo un paradigma del gran debate global sobre la amenaza a la Biodiversidad y el Cambio Climático, pues le afectan las mismas incertidumbres.

¿Podremos evitar la catástrofe o ya es demasiado tarde? Nunca como ahora la respuesta ha estado más cerca de nuestras manos, ni más lejos de nuestros platos.



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