Jueves, 15 de junio de 2006
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Nunca olvidaré las tardes lentas de invierno en casa de mi tía Mari Cruz, sentados frente a frente en el salón, yo sosteniendo la madeja con los brazos extendidos y en suspenso, ella tejiendo un jersey que no terminaba nunca. La tía Mari Cruz tenía tipo de soprano, lástima que malgastara su voz en entonar éxitos de Sepúlveda y Guardiola. Mirando al mar soñé... «¿Que te estés quieto, niño!», me abroncaba a cada rato, como enlazando por sorpresa la riña al estribillo pertinaz. Y es que la tía Mari Cruz tenía siempre una amenaza posada en sus labios gruesos. Gustaba emplear expresiones como «azotaina», «tunda» o «verás como me quite la zapatilla».

Aún conservaba empero el atractivo, la clásica fascinación que ejercen las cuarentonas sobre la adolescencia. Sentado en un plano inferior, sobre el pequeño taburete, yo admiraba la asombrosa progresión de aquellas piernas, blancas y torneadas, desde los breves tobillos que iban acrecentándose en la formación de soberanas pantorrillas y muslos descomunales, para culminar en el abismo negligente de la braga, ora color carne, ora -la duda existencial me angustiaba- color vello de pubis. Las horas transcurrían entre la pleamar y bajamar de su falda. Todo era humillante y desdeñoso en su boca: al órgano genital de un niño, ella lo denominaba «chufla». Fuera arreciaba la lluvia como una sentencia firme de mi cautiverio. Por mis sienes caía un frío sudor, mientras me ahogaba un acallado gemido. Entonces ella me traía un tazón de leche con galletas...



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