Miércoles, 14 de junio de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
CRÍTICA AMERICAN DREAMZ
Reality show con bomba
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Título: America Dreamz (Estados Unidos, 2006) Dirección y guión: Paul Weitz. Fotografía: Robert Elswit. Música: Stephen Trask Intérpretes: Hugh Grant, Dennis Quaid, Willem Dafoe. Duración: 107'. Cine de estreno: Oscar La Bretxa.

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Fuertecita sí que es. Por lo menos en sus ambiciones. Por lo menos en sus ideales de cine. Por lo menos en su rabia primera y primitiva. El director de American Pie se monta un programa de televisión para socavar los cimientos del sueño americano y, de paso, darles un buen repaso, a los habitantes de la Casa Blanca. Al principio, todo va bien, muy bien. La América profunda sale a superficie con sus casas rotundamente horteras, sus señoras rotundamente orondas, y sus señoritas bastante sabias. Lo suficiente como para no ignorar que no es sólo que la fama cueste sino que para alcanzarla se deben dejar unos cuantos cadáveres en el camino.

Fuertecita sí que es. O parece que lo es. Destroyer podríamos decir. Uno de los concursantes de esta vitriólica operación triunfito a lo yanqui es un judío ortodoxo y el otro, un oriundo de Bagdad a cuya madre le encantaban los musicales americanos y fue liquidada por las bombas de los cazas americanos. Destroyer sí que es. O quiere serlo. O pretende que quiere serlo. Pero a la postre, y también hacia el intermedio, resulta que no. Que no puede o que no quiere. Por mucho que a alguien se le haya ocurrido comparar American Dreamz con el MASH de Altman, con Trampa 22, con South Park o con esa serie de dibus de la MTV sobre Su Santidad el Papa. No y no. Nos encanta esa Mandy Moore en plan Britney Spears con ramalazos a lo Chenoa y nos sulivella Dennis Quaid jugando a presidente de los Estados Unidos con permiso de Willem Dafoe que le chiva por micrófono oculto todo lo que, más menos, quedaría bien que dijese un presidente.

Gusta, claro. Gusta a arrancadas American Dreamz. Pero, de pronto, cuando hay que lanzar la bomba que escupe metralla, se arrepiente porque descubre que todo el mundo es bueno: árabes, judíos, éstos, los otros. Buenos a la manera americana, claro: los unos traicionan a los suyos y los demás, aplauden al presidente que de ahora en adelante regirá el destino del Imperio desde su cama en compañía de su santa esposa. Qué ponito... Claro que nos gusta. Hasta que, pardiez, la bomba no estalla. Seguro que Bart la hubiese hecho explotar. Bart Simpson, por supuesto. Y los suyos. Fijo.



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