Cuando la guasa de un pueblo como el de Irun bautiza con el apelativo de Bólido a un señor irunés que caminaba con una lentitud enervante y a otro señor, también irunés, lo clasifica como Medio voltio, porque es achaparrado, físicamente insignificante y trabaja como mecánico electricista, y a un tercero del mismo territorio le deja anotado como Joshé pregón porque es locuaz y dicharachero, sin diques que lo contengan, nada tiene de extraño que a un avión de guerra que durante julio y agosto de 1936 sobrevuela Irun a diario con intenciones belicosas lo etiquetara con el sobrenombre de Runrún. Aparecía en el cielo irunés hacia el mediodía y su misión esencial debía ser la de reconocimiento. El ruido de sus motores era quejumbroso, como la respiración profunda y sonora de un tórax averiado. Se convirtió en un visitante asiduo del éter bidasotarra y llegó a adquirir una notoriedad, no diremos que cordial, porque sus intenciones eran aviesas, pero su presencia diaria llegó a formar parte de la entonces convulsa vida irunesa. La prueba es que se le recuerda. Era un Fokker-XII, aparato de reconocimiento con base en Logroño. Formaba parte del grupo de bombardeo del capitán Juan Antonio Ansaldo -el piloto que conducía la avioneta que transportaba al general Sanjurjo cuando éste se dirigía a Burgos para ponerse al frente de los sublevados y que se estrelló nada más despegar en las inmediaciones de Lisboa, pereciendo el general -con misión de fotografiar las defensas republicanas en las lomas próximas a San Marcial. Conquistado Irun, visitó otros cielos revueltos como era el eibarrés. En Eibar se le conoció como El abuelo. El ruido monótono, casi hiriente de sus motores, era como ciertas toses bronquiales muy propias de la senectud. Tenemos noticias de que la tos le fue cortada súbitamente en el espacio aéreo eibarrés. Los disparos de un antiaéreo lo derribaron sobre Arrate.