En principio sentarse a hablar con los representantes, colaboradores, cómplices, simpatizantes de una banda terrorista no constituye a mi juicio en sí un problema. Mirándose o no mirándose los interlocutores a los ojos. Todo el mundo sabe que tales interlocuciones han tenido lugar a lo largo de estos años. El problema radica ya en primer lugar a mi juicio en el lenguaje etarra («proceso de paz») que es siempre visionario, falaz y a modo de red en la cual caemos como tontos. No estamos ante un proceso de paz auténtico porque aquí no hay dos bandos que hayan iniciado las hostilidades como en Irlanda del Norte, sino una banda de fanáticos sin escrúpulos que se puso a matar y extorsionar a ciudadanos que no coincidían con su ideario. El problema radica en segundo lugar y principalmente en que estamos ante una banda casi exhausta, convencida de que su vía armada tropieza ya con un muro e intenta una posible salida por otros medios no violentos (aunque conservando cierto arsenal de guerra, por si acaso) para ver si así puede salvar el máximo de sus muebles. Es decir, se sienta a hablar no por motivos de conciencia (nunca tuvo) sino de conveniencia pura y dura. Aquí reside el meollo del problema que es problema y muy gordo para los que se sientan a hablar con la banda. Lo que van a reclamar los etarras lo sabemos todos. Aquello que están dispuestos a conceder los que se sientan enfrente con la venia del estado, no lo sabemos a ciencia cierta. Y ello nos llena de angustia a muchos. Sobre todo si miramos a las víctimas en su inmensa mayoría.
Sería indecente aceptar la oferta de cese del terror si no va acompañada de una petición sincera de perdón a los familiares de las víctimas. Es a ellos, los sicarios, a los que hay que exhortar a que se arrepientan de sus crímenes y soliciten el perdón antes de predicar generosidad a las víctimas. Así lo hizo el IRA, que pidió perdón por las víctimas civiles a las que privó de la vida. Y sería indecente poner en la calle antes de tiempo a los asesinos convictos y confesos por lo que supone de burla para los que perdieron un padre, una madre, unos hijos, unos hermanos. No sé si es también indecente pero a mí me produce náuseas tener posiblemente que ver en el parlamento a los que representan a personas obstinadas y nada contritas de crímenes verdaderamente nefandos. A los que van a sentarse «a dialogar» en breve con interlocutores semejantes les pediría que en ningún momento olvidaran las lágrimas, la soledad, la angustia de los cientos de familias que echan de menos a los suyos víctimas de la barbarie etarra.