«Ésta es la mejor forma de ver a nuestra selección lejos de casa». Salieron de su país en busca de un futuro mejor, de una oportunidad para sobrevivir y prosperar. Pero su corazón y su alma se quedaron allí, en el otro lado del Atlántico. Lejos, pero en días como ayer bastante más cerca. A 1.500 kilómetros al noreste de Bilbao. En Gelsenkirchen, la ciudad en la que su Ecuador se estrenaba en el Mundial contra Polonia. Ataviados con relucientes camisetas de su combinado y con banderas amarillas, azules y rojas por las paredes y en las mesas, medio centenar de ecuatorianos vivió con pasión este encuentro en el bar Latitud 0 -el punto que marca la línea del Ecuador- en Sarriko.
Son sólo una muestra del delirio que esta cita ha generado entre sus compatriotas; tanto en su ayer paralizado país natal -sólo se trabajó media jornada- como en los cerca de 600.000 que se calculan que hay en España, como en los 10.000 que han viajado hasta Alemania para animar al grupo del colombiano Luis Suárez. «Yo también hubiese ido si me hubieran dejado en el 'curro'», confesaba Johnny, un estratega del fútbol que ayer pidió día libre en su trabajo en Logroño. «Ninguno de los tres ecuatorianos hemos ido. Me da igual que no me paguen; juega mi selección».
Fue uno de los primeros en llegar al local, dos horas antes.
-¿Por qué tan pronto?
-Es que luego no hay sitio y hay que entrar a empujones.
Cánticos, gritos, había ganas de fútbol, de gozar con Carlos Tenorio, Hurtado, De la Cruz. «¿Es un galáctico¿»... Sus iconos. Fiesta ecuatoriana en el segundo Mundial de la historia de la 'tricolor'.
Amarillo, azul y rojo. Ésa era la decoración del local, con una bandera en el exterior. «Un gol vamos a marcar mínimo», se ilusionaba Verónica. «Sí, pero si ellos meten dos no sirve de nada», le respondía Nelly. «Hay que ser positivas», terciaba Laura, hermana de la primera. «Pero ganemos o no, ecuatorianos siempre seremos».
Himno a todo volumen
A medida que se acercaba el partido los colores parecían hacerse más intensos. Como el calor, que hizo correr la cerveza por el Latitud 0, en el que se vendían camisetas del combinado por 20 euros para los más despistados. La temperatura subió aún más, sobre todo cuando Boris, el propietario del bar, puso su himno. Todos lo cantaban al tiempo que por la televisión saltaba al césped su selección. «¿Súbelo, súbelo!», le pedían los más animosos con la cara pintada, como su portero.
Faltaban dos minutos para el inicio. De repente, un inoportuno apagón. Nervios, inquietud. «No puede ser. Nos lo vamos a perder». Pero no habían pasado ni noventa segundos cuando se hizo la luz. Aliviados, todos retomaron los cánticos. «¿Ecuador, Ecuador!». Sin descanso aunque con miedo. «Están jugando mejor», temía un entregado y eufórico Leo. Nada más acabar de pronunciar su frase, la luz volvió a decir adiós. «Eres polaco», le acusaban al dueño del bar con sorna.
Por poco tiempo. La televisión volvió a funcionar. Y llegó el primer momento de éxtasis: gol de Carlos Tenorio. Explosión de júbilo, abrazos, carreras por el pequeño local y todos a la calle a gritar. Las turutas, que habían funcionado toda la noche, explotaron. «¿Si parecemos Brasil!», festejaban. «¿Viva Ecuador, carajo!». Pero la locura llegó a falta de diez minutos para el final. Delgado sentenciaba. «¿Queremos barra libre!». Aunque la cerveza casi se les atraganta con dos palos sucesivos de Polonia. Fue el inicio de una larga noche. El cansancio no se notó. «Si llegamos a la final me voy a Alemania». Próxima cita: el jueves a las 15.00 horas.