En junio de hace 56 años, EL DIARIO VASCO se hacía eco de una importante novedad en el estanque de los cisnes y patos de la plaza Gipuzkoa, donde «la pareja de cisnes que hace la interrogante de su cuello blanco y orgulloso, en las aguas del pequeño lago, habían recibido la visita de la cigüeña y había aumentado la familia».
Con ese verbo florido lo contaba Alfredo R. Antigüedad, quien acudió a la plaza a ver las tres crías de cisnes y se encontró con ellas y con «unas alambradas que aislan del resto de la palmípeda familia a uno de los cisnes adultos».
El reportero investigó, preguntó al guarda -¿ay, aquellos tiempos no tan lejanos en que los parques y jardines tenían guarda!- y descubrió una historia, que tituló Un conflicto familiar entre los cisnes de la Plaza de Guipúzcoa y contó así.
«En el parque había tres cisnes. Una pareja, que ya lleva bastante tiempo, y una hija, la cisne neskazarra, que hasta hace poco venía mostrando una gran docilidad (...). La cisne madre puso últimamente seis huevos». Por lo visto, los cisnes hembra y macho suelen alternarse en la tarea de incubar los huevos, pero «en este caso se dió un curioso fenómeno. La cisne hija, la neskazarra, aceptó gustosa el papel que la maternidad reservaba a la que era su madre, y alternando con ella se pasaba los días sobre los huevos, prestándoles el calor de su plumaje y relevando al cisne padre de su misión. Con lo cual este cisne se daba la vida padre».
El serial palmípedo se complicó. «La neskazarra -contaba Antigüedad- había tomado tan en serio su maternidad, que en los últimos días de la incubación no quería abandonar los huevos. Si se acercaba la pareja de sus primogenitores, la recibía hostil y agresivamente, no queriendo abandonar su puesto. Como ni comía ni hacía nada, tuvo que intervenir el guarda para levantarla. Al hacerlo, la cisne se defendió y se rompieron dos huevos (...)».
Cuando finalmente nacieron tres cisnes de los cuatro huevos restantes, «la pareja autora de la existencia de los bellos palmípedos estaba orgullosa y los cuidaba amorosamente. Pero, de pronto, la cisne hija de la pareja y hermana de los recién nacidos empezó a irritarse, a querer encargarse ella sola de los polluelos y a querer agredir al cisne padre».
La actitud violenta del ave hizo que fuera separada con una alambrada. Nada más sabemos de aquel cisne y de su locura de amor maternal.