Hace dos meses sufrí una agresión en mi trabajo. Siguiendo las indicaciones de la Policía Municipal, procedí a denunciar al agresor. Me arrepiento del día en que lo hice. Además de haber tenido que acudir en dos ocasiones al médico forense y pasar una verdadera odisea con cambios de citas y ausencia de notificaciones, me encuentro con que llega el día del juicio y me lo notifican vía telefónica y la tarde anterior. Me extrañó que se me avisara con tan poca antelación y consulté si no sería preciso que aportase algún testigo, sobre todo después de enterarme que la otra parte también me había denunciado a mí por una supuesta agresión, a lo que se me respondió que no. Yo estaba por la labor de posponer el asunto pero se me llamó nuevamente para decirme que a la otra parte ya se le había notificado y que sería muy complicado conocer su paradero en caso de posponerse. Accedí a que el juicio se celebrara al día siguiente. Lo primero que me preguntó la señora juez antes de comenzar fue si aportaba algún testigo y a mí casi me da la risa; luego tuve que aguantar cómo mentía la otra parte delante del tribunal. La fiscal desestimó la denuncia de la otra parte y se puso de mi lado, pero la resolución judicial ha sido un empate: los dos absueltos por falta de pruebas. Conclusión: uno puede hacer lo que le dé la gana mientras no le vean. Me pregunto si la justicia es igual para todos mientras miro la cicatriz de mi mano y las nuevas medidas de seguridad que han puesto en el trabajo.