A finales del siglo XIX, el anatomista holandés Eugène Dubois, inspirado por los escritos de Darwin, buscaba el eslabón perdido entre el mono y el hombre. Pero ¿qué buscaba? ¿Un antropopiteco, un mono-hombre, como denomina a los fósiles que descubre en Java durante los años 1890? ¿O un pitecántropo, un hombre-mono, según la terminología que adopta finalmente? En el curso del siglo XX parecían ganar los monos: los ancestros del género Homo estaban en alguna parte de la familia de los australopitecos, los monos del sur, o entre los ardipitecos, los monos del suelo.
Pero los descubrimientos que se dieron a partir del año 2000 señalan una ruptura, con la presentación de dos nuevos homínidos tan antiguos -si no más- como los australopitecos, y cuyos descubridores sitúan, más o menos explícitamente, en el linaje humano. Si descendemos de Orrorin, hombre original, o de Kenyanthropus, hombre eniano, entonces nuestros ancestros más lejanos que se conocen no son monos sino... ¿ya hombres!
De lo cual, cuanto menos, extraemos la conclusión de que tenemos que ser muy humildes en la pretensión del conocimiento científico de los orígenes del hombre. La paleoantropología, hoy por hoy, no puede decirlo todo; entre otras cosas, porque faltan muchos eslabones hasta demostrar que en el proceso evolutivo no haya habido saltos cualitativos y no solo cuantitativos. El bioquímico no tiene derecho a menospreciar los argumentos de antropología filosófica (ciencia racional) que hablan de la imposibilidad de que el principio espiritual del hombre (el alma) pueda provenir por mera evolución de la materia. Aprovecho para manifestar mi más rotundo rechazo del Proyecto Gran Siminio defendido por el partido socialista.