Cuando deslumbra el sol y el calor empieza a incomodarle, el buscador de conchas se refugia en un parque del que desconoce el nombre. Es ese triángulo verde de Amara Berri situado junto al Instituto Easo y ante la calle Eustasio Amilibia.
Sus grandes árboles forman un techo que sólo deja pasar algún rayo, el justo para ser manchado y reafirmarse en lo fresquito que se está. Resulta placentero entornar los ojos, oir a los pajarillos, ver pasear a los pocos viandantes que se mueven entre los bancos blancos y los perros. El parque del frescor está a un paso del tráfico y del calor, pero supone un microclima, un reducto, un sueño.