Juan Martínez de Irujo incorporó al mano a mano el resto de saque de aire. Luego le copiaron otros. Lo hizo en la eliminatoria de cuartos de final del año pasado ante Olaizola I en Bergara. El invento se debió a su desconfianza, en aquel momento, para restar los saques atrás por culpa de una fractura en el meñique de su mano izquierda. Nacida como recurso por una lesión, esta jugada se ha convertido en una más del amplísimo repertorio de Irujo. Ayer restó de volea, de sotamano o de gancho de izquierda ocho de los diecisiete saques ejecutados por Aimar, casi la mitad. No crean que adelantó su posición porque se sentía incómodo restando atrás. Olaizola II sólo le metió uno en esa posición-el tercero, en el 12-16, se debió a un error de sotamano de zurda-. Lo hace para que el rival disponga de menos tiempo para ejecutar el segundo pelotazo, para incomodarle. Porque Irujo restó bien de atrás. Varias de sus devoluciones altas resultaron preciosas.
El partido tuvo intensidad, ritmo y velocidad. Había dos pelotaris de clase en la cancha, grandes atacantes y grandes defensores a la vez. Y cuando existe eso, la calidad aflora por alguna esquina.
Sin embargo, a la final le faltó un punto de pausa para hacerla tan brillante como cabe esperar de dos pelotaris de esta talla. Aunque jugaron buenos tantos, no abundaron. El mejor, quizá, fue el 1-1. Aimar Olaizola, que saltó a la cancha dispuesto a jugársela a la primera, sacó y cruzó de zurda al ancho su siguiente pelotazo. Irujo, que había restado atrás, corrió raudo del nueve al dos para llegar, agacharse, alcanzar la pelota justo antes de que diera el segundo bote y ejecutar una cortada sin respuesta posible.