En septiembre de 1984 se abre en el centro de salud mental de Beraun (Errenteria), que dirige José Luis Arrese, la primera consulta para el estudio de complicaciones médicas en heroinómanos. El médico adjunto Daniel Zulaika y el residente Julio Arrizabalaga reciben a los pacientes los lunes por la tarde, después de cumplir su horario laboral en el entonces Hospital Aranzazu. No podían ni imaginar en ese momento lo que tenían enfrente. «Pensábamos que se trataba de casos de hepatitis o infecciones por bacterias», señala Arrizabalaga. Pero comenzaron a realizar extracciones de sangre y a guardar los sueros previamente congelados. «Alguna vez, si salíamos tarde, llevábamos el suero a casa y lo metíamos esa noche en el frigorífico: la verdad es que no teníamos sensación de riesgo», reconoce Arrizabalaga. En abril de 1985 se dispone ya de medios para detectar el VIH. «Entonces sacamos los sueros congelados, los analizamos y comprobamos que el 61% de las muestras tenían la infección». Pero no se disponía de información para interpretar esos datos. Un estudio realizado en EE UU señalaba que el 10% de los infectados desarrollarían la enfermedad. La previsión se quedó corta, porque «desde el 86 al 89, la proporción aumentó de forma geométrica». Aumentó de tal forma el número de pacientes que la consulta de Beraun se quedó pequeña y hubo que trasladarla al Hospital Aranzazu. Esto ocurrió en mayo de 1985. Una gran parte de los pacientes que llegaban para hacerse la prueba del sida no presentaban síntomas y los enviaba Proyecto Hombre. Pero los que ingresaban llegaban a Urgencias con unas defensas muy bajas y habitualmente ya afectados bien por tuberculosis, bien por un tipo de candidiasis que afectaba a la boca y al esófago.