Se supone que Rocío descansa en paz desde ayer en el coqueto cementerio de San José, en su pueblo natal de Chipiona. Tumbas blancas reverberando al sol que, en junio, ya es de justicia en aquel pueblo gaditano. Se supone, igualmente, que, dentro de unos días, los telediarios volverán a ser lo que fueron -con sus cayucos, sus violencias de género y sus tertulianos que debaten sobre el sexo de los estatutos-. Y se supone también que el desmadre mediático sobre la chipionera irá entrando en vereda poco a poco.
La mujer que el jueves recibía tratamiento de jefe de Estado, ante el regocijo de unos y el desconcierto de otros, es -desde ayer- un nombre en una lápida sobre la que -como en todas las lápidas- no faltarán claveles al menos durante una buena temporada.
La agonía y muerte de María del Rocío Trinidad Mohedano ha sido toda una puesta en escena del más exitoso de los reality shows y un aviso a navegantes para saber hasta dónde pueden llegar las cosas cuando se mezclan en la proporción justa y en el momento apropiado la popularidad, el marujeo y el morbo y se ponen en manos de la televisión del siglo XXI.
Nadie había conseguido hasta ahora que -para hablar de un fallecimiento- vistieran de negro riguroso locutores y presentadores cuya indumentaria habitual son las camisetas chillonas en los hombres y los vestidos vaporosos y escotados en las mujeres. Nadie había sido capaz de reunir en la misma foto un poutpurri tan variopinto que vaya desde Serrat a Almodóvar (toque progre) pasando por Belén Esteban o Marujita Díaz (toque cutre). Y pongan en medio -además de a gente normal- a todo el universo imaginable de especialistas en vivir de no se sabe qué y vaya usted a saber cómo.
Después de visto lo visto me quedan algunas dudas inquietantes.
_ ¿La harán santa?
- ¿Cuanto tiempo falta para que le descubran amantes secretos como a Lola Flores?
-¿Cuándo volverá Ortega Cano a torear?
- ¿Alguien sabe qué está pasando aquí?
A lo mejor me dan la respuesta «a la vuelta de publicidad»