Rocío Jurado murió pasadas las cinco de la madrugada. A partir de ese momento, la pantalla se inclinó ante la cantante con la misma profundidad con que hasta ese instante se había cernido sobre ella. Toda la programación se subordinó a la crónica fúnebre en una suerte de parrilla monográfica: todos los canales conectaron con la capilla ardiente, en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, y así pudimos asistir al desfile de familiares, amigos y ciudadanos del común ante el féretro de la difunta y ante José Ortega Cano, que sin duda ha tenido el peor día de su vida. Mientras eso veíamos, cada cual trataba de llenar las imágenes con un torrente incesante de palabras, testimonios, entrevistas. En conjunto, la atención que la tele ha prestado al deceso de Rocío Jurado recuerda lo que ocurrió cuando la muerte de Lola Flores: la pompa de un acontecimiento nacional.
Con todo, en la calle, junto al lamento más o menos convencido, lo que se oye es la queja indignada por cómo se ha comportado la televisión. Cuando pase el luto, lo que quedará en la memoria del espectador será ese bochornoso despliegue de cámaras y micrófonos en la puerta de la enferma, esperando el desenlace. Uno entiende perfectamente que, ante una noticia de este género, la prensa del sector disponga su mejor artillería, pero lo que hemos podido ver en la tele va más allá del periodismo.
También hemos visto cómo los reporteros que hacían guardia en la casa se atribuían un protagonismo completamente impropio contando sus opiniones, sus impresiones, sus horas de espera, las incomodidades de su trabajo y otros asuntos que no deberían tener la menor importancia para el espectador. Tan patente ha sido el desafuero que hasta el propio Gobierno, por boca de su vicepresidenta, se ha creído en la obligación de llamar al orden a las cadenas. Por supuesto, siempre será reprobable la manía de este Gobierno de meterse en todas partes. Pero la intervención gubernamental da fe de lo extenso del escándalo. La 'telerrosa' sitió a esta familia hace años, cuando los follones de Rociíto y Antonio David, y no ha levantado las garras hasta la muerte de la artista. Devastador.