Muchas de las conchas de esta ciudad, de sus tesoros desconocidos, de sus joyas más insospechadas, se esconden a nuestra mirada. Respiran al otro lado de puertas cerradas.
El buscador de conchas visita a su asesor fiscal en el número 20 de la calle Urbieta y, tras el zumbido habitual del portero automático, se extasía ante un portal circular rodeado de columnas que sujetan una pequeña cúpula. A cada lado hay un viejo espejo, que multiplica hasta el infinito la figura del sorprendido contribuyente, que se siente de pronto como Charles Foster Kane paseando su doliente decadencia por las estancias del castillo de Xanadú...