No comparto ni la interpretación ni la euforia de aquellos que han visto en el referéndum de Montenegro una referencia para sustentar la causa de la autodeterminación en el País Vasco o Cataluña. Comparar estos países y decir que «hoy en día en Europa se puede decidir democráticamente el futuro político de un país y solucionar un conflicto político de origen histórico», es de una simpleza y partidismo preocupantes.
En primer lugar el estatuto político de Montenegro no tiene nada en común con el del País Vasco. Montenegro no es una comunidad autónoma dentro de Serbia sino una república constitutiva del Estado de Serbia y Montenegro que fue creado tras la desaparición definitiva del nombre de Yugoslavia en 2003. El referéndum fue pactado ya entonces y tenía por objetivo consolidar o disolver una unión que se había mantenido voluntariamente y con todas sus consecuencias. Y cuando digo todas sus consecuencias, me refiero a su apoyo expreso al proyecto de la gran Serbia y a su contribución directa en la guerra tanto contra Croacia como contra Bosnia-Herzegovina.
En segundo lugar, en ese afán por buscar similitudes se califica de histórico un conflicto que apenas se remonta a 10 años atrás, cuando la realidad es más bien la contraria: son sus lazos de amistad y alianza los que son históricos. El viraje en la política del señor Djukanovic desde el belicismo gran-serbio al independentismo montenegrino no responde a cambios ideológicos sino al intento de salir de la ruina que él mismo provocó embarcando a Montenegro en la guerra. Djukanovic creía en los años 90 que si hacía los deberes que le mandaba Milosevic, su país sería más fuerte y él más poderoso. La realidad fue bien distinta: Montenegro se convirtió en un país pobre y con un poder político supeditado a Serbia. Pero el listo Djukanovic comprendió en el 99 que desmarcándose de Milosevic y de la guerra en Kosovo, no solo podía evitar las bombas de la OTAN sino conseguir los favores de una Unión Europea dispuesta a pasar por alto su responsabilidad en la guerra a cambio de colaboración. Yo no encuentro en este panorama nada que se parezca a un «conflicto político de tipo histórico».
En tercer lugar, una cosa es estar de acuerdo con la celebración de un referéndum de independencia; otra muy distinta es pensar que sea la panacea para resolver conflictos.
El ejemplo de Bosnia-Herzegovina es el más claro. En el año 92 se celebró un referéndum de independencia auspiciado por la Comunidad Internacional. Los resultados dieron el triunfo a la opción independentista. ¿Qué ocurrió a continuación? Serbia y Montenegro no respetaron el resultado y enviaron sus tanques y sus aviones (que eran los del antiguo ejército federal) a sitiar las ciudades y a apoyar las operaciones de limpieza étnica que tan sanguinariamente llevaron acabo las bandas paramilitares chetniks en su autoproclamada -entonces- república serbia de Bosnia. Croacia como es bien sabido no se quedó atrás y también pretendió arrancar un pedazo de Bosnia-Herzegovina, un país dividido desde entonces en dos entidades que se dan la espalda y con su soberanía limitada por el protectorado que ejerce la UE. Díganme si creen ustedes que en Bosnia-Herzegovina, donde todavía no levantan cabeza a consecuencia de la guerra, puede alguien pensar que un referéndum o la independencia son garantías de paz.
Y en cuarto lugar, nos dicen que la UE aceptando la celebración de este referéndum está admitiendo - sin saberlo- el derecho de autodeterminación de los pueblos sin Estado. No creo que sea así pues Montenegro ya tenía su Estado y lo que reclamaba era la independencia. No es lo mismo.
Aunque afortunadamente hoy la coyuntura hace mucho más difícil una nueva guerra, el nuevo periodo que se inicia no es fácil ni está exento de peligros pues el conflicto no se esfumará tras la independencia; solamente se trasladará territorialmente al interior de las fronteras de Montenegro sin que se pueda descartar que tenga también repercusiones negativas en otras repúblicas de la ex Yugoslavia. El resultado de la consulta en ese sentido no es muy positivo que digamos pues lo que muestra es una importante falta de consenso y que cualquiera de las dos opciones dejaría insatisfechos a casi la mitad de los votantes. Adelanta también que no será fácil obtener el respaldo preceptivo para hacer efectiva la independencia de los 2/3 del Parlamento.
Por todo ello, me sorprende la euforia con la que se han expresado algunos políticos y me preocupa que detrás de interpretaciones sesgadas, como la de este referéndum, se esconda un afán por convencernos de que la independencia no sólo es posible sino que además es fácil.
Sin duda hay que creer en las cosas para luchar por ellas y poniéndonos una venda en los ojos seguramente resulte más fácil creer.