EL anuncio realizado por Washington de participar en un diálogo multilateral con Irán, siempre que este país suspenda antes el enriquecimiento de uranio, ha sido recibido muy positivamente por la comunidad internacional, Rusia y la UE especialmente, pero en un tono altamente escéptico por el régimen de Teherán. Después de que el Organismo Internacional de la Energía Atómica haya dictaminado en su último informe que Irán no ha suspendido sus actividades nucleares, incumpliendo la petición del Consejo de Seguridad de la ONU, el Gobierno norteamericano ha decidido dar un giro a su estrategia para unirse, como parte del equipo europeo, a las conversaciones con Teherán. Nadie duda de que la Casa Blanca desea alcanzar una solución diplomática. Pero la redacción de la propuesta «tan pronto como Irán suspenda de modo verificable y por completo las actividades de enriquecimiento del uranio», que supone de hecho aceptar lo que en realidad sería el desenlace definitivo de la negociación -el fin del enriquecimiento-, ha sido contundentemente respondida por el ministro de Exteriores iraní. Así, lo más positivo que puede extraerse de la nueva propuesta norteamericana es la utilización en el documento del verbo «suspender», en lugar de cancelar. Washington se resiste a negociar bilateralmente con los iraníes, pero necesita forjar un amplio frente contra Teherán. El régimen iraní ha lanzado un verdadero órdago a la comunidad internacional y, desgraciadamente, lo ha hecho en el mejor momento para sus intereses. Sólo si Rusia y China dan su beneplácito público a una resolución que contemple sanciones, Teherán perdería parte de su ventajosa posición. Pero Pekín depende del petróleo para mantener su vertiginoso ritmo de crecimiento y Moscú apurará al máximo las contrapartidas que pueda sacar por su apoyo a Washington.