Miércoles, 31 de mayo de 2006
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Politica
«¡¿Gritos pelaos no, por favor!»
Marín se las prometía felices con la inusual tranquilidad del debate cuando todo se torció
«¡¿Gritos pelaos no, por favor!»
Manuel Marín, ayer en los pasillos del Congreso. [IGNACIO GIL]
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MADRID. El presidente del Congreso aguantó casi tres horas sin pronunciar palabra. Y el silencio de Manuel Marín no es un silencio cualquiera: mide la tensión que se respira en cada debate como un barómetro infalible. Es lo que tiene ser un hombre ilustrado y con formación europeísta, aunque al final uno acaba por tolerar mal la expresividad de los diputados, aunque venga de alguien poco dado a los aspavientos como Mariano Rajoy. El encontronazo entre ambos fue de florete y el presidente sentó su cátedra.

La bancada popular estuvo tranquila durante toda la mañana. El discurso técnico de Zapatero -con su ligera mención al alto el fuego de ETA y su sobrevuelo por las reformas estatutarias- no despertó más allá de un murmullo. Marín se las prometía felices. Ni una vez se sintió obligado a apelar a la buena educación de los diputados. Pero la cosa cambió por la tarde cuando Rajoy abrió la caja de los truenos: «España sumida en un caos de criminalidad, inmigración ilegal y desgobierno». El jefe del Ejecutivo le dio en su réplica a la máquina del tiempo: habló de 2003 y del sonado caso de Arkan y viajó a 1979 para recordar la actitud de la derecha hacia el Estado de las autonomías.

El requiebro cambió el ánimo del líder de la oposición. De juez, pasó a sentirse juzgado. «No está hablando sobre el estado de la nación sino, con malos modos -llegó a decir-, sobre el pasado de la nación». Fue un punto de inflexión. El habitual tono irónico de sus intervenciones se convirtió en creciente enfado. Y acabó estallando contra el presidente del Congreso cuando éste le señaló que ya había rebasado en cinco minutos el tiempo estipulado en la Junta de Portavoces para su intervención.

El día feliz que se prometía Marín terminó a las seis menos cuarto de la tarde, cuando Rajoy se disponía a subir a la tribuna para dar réplica a la contestación que le había dirigido Zapatero. El presidente del Congreso anunció un turno de diez minutos y los diputados del PP reaccionaron elevando el tono a modo de protesta por considerar que su líder debería tener derecho a una intervención más larga.

«Calidad de oposición»

Con paciencia y tono didáctico, Marín recordó a la bancada popular que, «como hace siempre», la Junta de Portavoces había aprobado el formato del debate por unanimidad fijando un turno inicial de media hora, una réplica de 10 minutos y una dúplica de otros cinco. Para tratar de serenar un ambiente hasta ese momento apacible, el presidente del Congreso, que se excusó un par de veces ante Rajoy, quien esperaba al pie de la escalera que lleva a la tribuna, recalcó que este reparto de tiempos «mejora la calidad de oposición del líder de la oposición extraordinariamente respecto a legislaturas anteriores».

Lejos de cambiar los ánimos, este comentario generó un mayor alboroto en los escaños del PP y provocó aplausos en el Grupo Socialista. Marín agregó que, atendiendo a una petición de Rajoy, ya había dejado que sobrepasase los treinta minutos estipulados para la primera intervención y pidió respeto a las reglas acordadas «entre todos» porque «están para cumplirse».

Dado que los gritos no cesaban, el presidente del Congreso recordó un día más al PP que «sobre la base de presionar a través del grito ningún grupo parlamentario puede conseguir nada». «Señor Rajoy, esta es la decisión de la Junta de Portavoces, entiendo la entidad del debate y estoy dispuesto a mejorarle el tiempo del debate, pero «cuando a alguien le dan algo, bueno es ser agradecido».

Habida cuenta de que los diputados del PP continuaban con su sonora queja, Marín apuntó: «Señor Rajoy, lo lamento, creo que no nos estamos entendiendo. Tiene usted la palabra por diez minutos». El líder del PP dijo que aceptaba las decisiones del presidente del Congreso, pero comenzó su réplica quejándose de que, mientras Zapatero había hablado dos horas y cuarto, él sólo había podido hacerlo durante 36 minutos.

Ante este comentario, Marín insistió en que, como ex miembro del Gobierno, debería saber que el Ejecutivo no tiene límite de tiempo y reiteró a los diputados del PP que el Congreso «no es un autoservicio». Fue entonces cuando el propio Rajoy pidió calma a los suyos. «Oye, haced el favor», reclamó en voz baja, mientras Marín, ya completamente olvidados sus anhelos de tranquilidad y sus explicaciones didácticas, se unía al coro de diputados. «¿Exclamaciones o comentarios, los entiendo, pero gritos pelaos no, por favor!», exclamó enfadado.

El silencio al fin se hizo y el líder de la oposición comenzó a hablar. Cuando había consumido más de los diez minutos que le correspondían, Marín pidió a Rajoy que fuera terminando, recordándole que, después de él, faltaban por intervenir otros siete grupos parlamentarios.

«Expulsión»

El presidente del PP volvió a reiterar su argumento de que Zapatero había dispuesto de dos horas y que él solo contaba con 35 minutos. Ante este argumento, reiteró que el Gobierno no tiene límite de tiempo, lo cual «no es nada nuevo», y que Rajoy, en su condición de ex ministro de tres carteras, debería recordarlo. «Está usted ahora en la oposición; lo lamento profundamente», agregó.

Pero Rajoy insistía en sus quejas señalando que en estas circunstancias era «muy difícil» debatir sobre el estado de la nación y Marín recalcaba que ahora la oposición lo tiene «infinitamente mejor» y le pedía que terminase. «Me gustaría conocer cuándo al líder de la oposición se le expulsa de la tribuna», preguntó entonces el presidente del PP.

Marín le respondió que no le estaba echando, sino sólo solicitándole que finalizase». «No le he expulsado, le pido que termine», dijo, ante lo que Rajoy: «Ya he terminado», antes de abandonar la tribuna sin disimular su enfado. Volvió a su escaño con semblante serio entre los aplausos de sus compañeros, que le recibieron puestos en pie y gritando «fuera, fuera» a Marín. COLPISA



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