EL milagro fue casi posible y la polémica por la estrategia de diálogo con ETA no logró desnaturalizar el debate sobre el estado de la nación celebrado ayer en el Congreso sin la garra de otras discusiones. Sólo el conflicto reglamentario entre el PP y el presidente del Congreso, Manuel Marín, por el control de los tiempos, encendió algunas chispas en una soporífera y larga sesión. Zapatero llegaba a este debate con algunos charcos en el territorio de la gestión, necesitado de achicar agua y se esforzó en romper el daguerrotipo en blanco y negro del PP. Como era de prever, los intentos por superar la caricatura no terminaron de fructificar.
La sesión retrató, de nuevo, los respectivos cierres de filas, reproduciendo un debate que apenas enciende más que la pasión de los ya convencidos. La discusión ofrecía así una representación maniquea de posiciones de partida y apriorismos sin matices. Al optimismo gubernamental de Zapatero se le enfrentó el pesimismo catastrofista de la oposición popular. Lo que algunos interpretan como sentido histórico, audacia y valentía del presidente del Gobierno, para la oposición del centro-derecha es el triunfo de la incertidumbre, de la improvisación permanente, de la inseguridad, de la falta de un rumbo claro y de un debilitamiento del Estado que explica problemas graves. Dos modelos antagónicos, dos ideas de España, dos culturas bien distantes entre las que algunos de los valores de integración del inicio de la transición se han evaporado en aras de un choque de trenes sin concesiones.
Zapatero optó por enfriar el debate y ofreció un discurso más plano, envuelto en cifras y estadísticas, clásico de un gobernante que quiere ir templando los problemas y que reconoce que España es una «potencia media», abierta a la integración de identidades «y no sólo a una mera descentralización administrativa» del Estado autonómico. Apenas quiso confrontarse con los partidos nacionalistas, pese a que éstos le lanzaron algunos mensajes un tanto envenenados y más críticos que los que se podría esperar. El portavoz del PNV, Josu Erkoreka, vaticinó «la crónica de una dulce decadencia», en un mensaje que viene a confirmar que el crédito del talante, con ser importante, ya no es suficiente. Pese a todo, Zapatero tendía una mano al diálogo «incluso con los soberanistas», que obedece a su concepción de la democracia como una gestión de los intereses contradictorios en sociedades complejas.
Zapatero volvió a poner en valor un paquete de medidas de reformas civiles, sociales e institucionales que encuadró en el marco de su programa socialdemócrata. Intentó poner como contrapunto de la España de los conflictos, otra «España real» que, a su juicio, se moderniza ante el mundo, que intenta ofrecer oportunidades a los jóvenes, que amplía los derechos de los más necesitados y que requiere aplicar «la cintura» para resolver los conflictos desde el diálogo y el acuerdo.
Pero al voluntarismo ambicioso de Zapatero le sigue faltando un relato un poco más épico que el listado de los logros de su gestión, un hilo conductor que vertebre su proyecto reformista más allá del repaso exhaustivo de los avances y de determinadas conquistas que se han convertido en el imaginario simbólico de un cambio cultural profundo que en ciertos temas se ubica más en una izquierda innovadora, mientras que en otros -política económica y fiscal- se mira más hacia el centro liberal.
Zapatero necesita un relato como el que desarrolló Felipe González en los años 80 cuando le tocó la asignatura pendiente de modernizar el país, una tarea que podría haber realizado una derecha liberal. En el debe del Ejecutivo, además, es evidente que este segundo debate ha ilustrado que Zapatero ha perdido por motivos diversos una parte de sus aliados de izquierda ERC e IU. El giro en la política de alianzas a favor de los nacionalistas vascos y catalanes se ha quedado a medio camino pero dibuja un realineamiento estratégico de posiciones.
Rajoy -brillante en su oratoria- lanzó un discurso bien construido y muy duro, jaleado por los suyos, dirigido a «la España que madruga». Pero Zapatero aprovechó su replica para pasar hábil al contraataque y hacer de oposición de la oposición devolviendo los golpes que había recibido sobre todo en debates de fondo: inmigración, inseguridad ciudadana, nubarrones en el horizonte económico o marginación internacional. Frío y hermético, se sacó las garras por la tarde y se enfundó en el traje del líder de la oposición para censurar las carencias de Rajoy y su falta de alternativa. Los catalanes de CiU volvieron a exhibir la baza de la moderación mientras Joan Puigcercós, el portavoz de ERC, era consciente de que su divorcio político con el PSOE complica su discurso. Aunque en lo personal mantiene cierto feeling con Rodríguez Zapatero, no ocultaba una decepción por lo que pudo haber sido y no fue.