Miércoles, 31 de mayo de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
Editorial
Debate de trámite
EL debate de política general de ayer en el Congreso sirvió de balance de mitad de legislatura y, en cierto sentido, representa el arranque de la larga campaña que, tras el referéndum del 18-J, conducirá a las elecciones catalanas después del verano y a las elecciones autonómicas y municipales del próximo año. Quizá por ello, por su equidistancia entre las pasadas elecciones generales y las futuras, el debate no se ajustó al modelo convencional, en que el presidente del Gobierno subraya su catálogo de actuaciones y el líder de la oposición conjuga la crítica con el lanzamiento de una opción alternativa de poder. Ayer, Rajoy no esbozó proyectos sino que se limitó a marcar su territorio y a aprovechar su oportunidad para desgastar a sus adversarios. Y en esta tarea, que sin duda tiene una lógica función propia de la democracia, el jefe de la oposición estuvo desigual: no fue contundente en su crítica de las políticas concretas y sí en la del endurecimiento del célebre talante de Zapatero. Fuese por el nuevo formato del debate, que obligó a Rajoy a realizar intervenciones excesivamente breves o a otras causas, faltó ayer simetría en el cara a cara Zapatero-Rajoy. El líder de la oposición, tan rotundo hace un año, estructuró ayer su principal intervención en tres partes: una toma de posición escueta en relación al diálogo con ETA, en los términos conocidos; una crítica genérica y algo desvaída a las políticas concretas del Gobierno; y una censura profunda a Zapatero por haber suscitado a su juicio grandes dosis de incertidumbre y por haber desatado tensiones innecesarias que no existían.

Todas las fuerzas políticas, aun las más cercanas al PSOE, calificaron la intervención inaugural del Zapatero de autocomplaciente. La visión idílica de la situación que explicitó Zapatero y la cargada de sombras de las fuerzas de oposición se conjugan en la conocida realidad ambivalente, matizada por claroscuros en casi todas las materias. E infortunadamente, el debate no sirvió para forjar alguna síntesis constructiva, ni en los diversos ámbitos políticos ni en la cuestión territorial, donde los reproches no dieron paso a la menor tentativa de aproximar posiciones para buscar lugares comunes. El debate, que fue empleado por el Gobierno para formular numerosos anuncios y entre ellos, el sorprendente de que Zapatero todavía piensa intentar la reforma constitucional, en los términos dictaminados por el Consejo de Estado, y que no tiene la menor posibilidad de prosperar dado el actual clima de las relaciones políticas, pasará esta vez sin pena ni gloria por los filtros de la opinión pública como una cuestión de mero trámite.



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