Martes, 30 de mayo de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
CRÍTICA | CAMINO A GUANTÁNAMO
Una pesadilla muy real
Una pesadilla muy real
Una escena de la película.
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Título: Camino a Guantánamo. (The Road to Guantánamo, 2006). Dirección: Michael Winterbottom y Mat Whitecross. Fotografía: Marcel Zyskind. Música: Molly Nyman y Harry Escott. Cine de estreno: Príncipe. Duración: 95 minutos.

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Una de las cosas más gratificantes de Michael Winterbottom es que demuestra continuamente ser un cineasta de su tiempo, pero sin plegarse a modas, rehuyendo imposiciones, evitando quedar bien con nadie, y sorprendiendo siempre. Ahora en Camino a Guantánamo, la película por la que debería haber ganado el Oso de Oro de Berlín, pero se tuvo que conformar con el premio al mejor director, Winterbottom retoma una de las muchas vías abiertas en su obra anterior, la que difumina las fronteras entre documental y ficción que tan bien le salió en In This World, una de sus mejores películas. Hay que decir que Camino a Guantánamo está codirigida por Mat Whitecross, pero parece más bien un reconocimiento a un estrecho colaborador, porque esta recreación de un hecho real encaja muy bien en la trayectoria del avispado británico autor de películas tan diferentes como El perdón y Nine Songs.

En Camino a Guantánamo, como ya se ha dicho, se recrea el caso real de un grupo de amigos británicos de origen musulmán que fueron a la boda de un amigo a Pakistán y acabaron acusados de terrorismo por los americanos y recluidos en Guantánamo después de un calvario que aumentó de grado hasta lo insoportable en la polémica cárcel.

Winterbottom, menos manipulador de lo que suele ser el recién palmeado Ken Loach, trata de recrear lo más fielmente posible la situación, contando con la colaboración de los propios protagonistas (excepto uno que desapareció en la terrible odisea), y utilizando un estilo visual semejante a un documental de urgencia, cámara en mano y con luz e imagen de diferentes texturas y calidades. El espectador puede llegar a dudar de si lo que ve es un documento real, aunque bien pensado resulte imposible. Pero es tal la fuerza, la credibilidad y la viveza de las imágenes, que se siente desde dentro la injusta situación de pesadilla. El montaje es entrecortado, e incluso una cierta confusión, en lugar de empañar el relato, lo potencia. Así, Winterbottom no tiene que hacer ningún subrayado: la denuncia de Guantánamo se expresa por sí sola, sin necesidad de convertir en héroes a esos jóvenes maltratados hasta la locura.



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