Martes, 30 de mayo de 2006
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ANÁLISIS | festival de cannes
El sonido y el porno
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Lo más fascinante de Cannes no se ha visto. Se ha oído. Todo empezó con la Marie Antoniette de la brava Sofía Coppola. O tal vez con la banda de sonido de Zidane, un experimento audiovisual impactante. Quizás comenzase entre la música y la banda sonora llena de furia y ruidos de Babel, más exactamente en su fragmento japonés. Acaso se iniciara en el fragor mortífero de United 93, el filme de Greengrass que narra la trepidación del vuelo mortal que el 11 de septiembre no se estrelló contra la Casa Blanca porque sus pasajeros se rebelaron contra los terroristas. Honor y gloria al compositor John Powell y al sonidista Chris Munro.

Cannes 2006, el imperio de los sonidos. La Coppola pincha composiciones de Rameau cuando la familia de Louis XVI aparece en pantalla. Pero, ay, aparece la muchacha austriaca, esposa de rey, madre de príncipes que serán destronados, y cuando juega en su Petit Trianon se oye, oh escándalo e impiedad, a The Cure, Air Phoenix, New Order, The Strokes o Bow Wow Wow. Cannes 17-28 mayo. En la playa se proyectan clásicos del cine mudo. ¿Acompañados por un piano? En absoluto. Por DJs. Los mejores del momento. Con su techno, su house, su acid, su electric, su scratching y sus vinilos computerizados. Lo mejor de Cannes no se vió. Se oyó. Honor y gloria a Mogawi y su sonorización de Zidane, plagada de respiraciones y susurros de hierba pisoteada por los futbolistas. Se oyó sí. Cannes, imperio de los sentidos. La película por la que hubo cuchilladas para entrar se titulaba Desticted, divino cocktail molotov de cine y sexo. Porno duro. Porno bueno. En el Palais, sí. En Cannes.



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