Voy a intentar no quedarme en un planteamiento simplista y mitificado para atribuir a la educación, el condicionamiento biológico, o la historia socio-antropológica del papel del padre en las familias. Pretendo adentrarme en la elaboración psicológica del hombre ante el mundo de sus sentimientos. Todas las personas somos sensibles y es cierto que quizás necesitamos alfabetizarnos emocionalmente.
Ante la pregunta de un conocido en la calle ¿Qué tal? Decimos bien! ¿Y tú? Muy bien! A buen seguro no queremos hablar más allá de lo que nos ocurre íntimamente y es una comunicación adaptativa. El problema surge cuando en nuestra intimidad nos preguntan ¿Qué te pasa? Y respondemos, ¿nada! Quizás nos ven con el semblante preocupado, el ceño arrugado, la mirada perdida, un silencio tenso, los ojos humedecidos
Claro podemos entender lo incómodo de la pregunta y no querer responder, pero creerme, a veces no sabemos qué nos ocurre y es por esto que quiero hablar sobre el ponerle nombre a los sentimientos.
Siento desgana, estoy rabioso, me encuentro triste, me da envidia, tengo pereza, me estoy aburriendo, me estas humillando, me siento culpable, me da vergüenza, estoy confuso, estoy terriblemente angustiado, no me da la gana y me da igual que pienses que soy un orgulloso, me da miedo, estoy dudoso, me siento contento, siento que te deseo, estoy cansado, estoy bloqueado, me siento rechazado, te quiero, te amo, necesito estar solo, me estoy divirtiendo
Observar de cuantas maneras diferentes podemos nombrar lo que sentimos. La cuestión es ¿Por qué a menudo cortamos la comunicación con un no sé, sin más o nada de particular?
Nos falta vocabulario y nos falta porque en general se nos ha compensado más el desarrollo analítico y lógico, en detrimento de la conciencia emocional. El sistema límbico regula de forma diferente la percepción del mundo y en nuestro imaginario a menudo pensamos y luego sentimos. Por cuestión hormonal, educacional, adaptativa A veces ayuda saber que es así y hacer algo al respecto. Las mujeres nos exigen sentir y luego pensar recuerdo un comentario de alguien al que aprecio: «Nosotras al vernos después de mucho tiempo nos abrazamos y decimos, qué guapa estas y cómo de bien te conservas, nos tenemos que llamar un día de estos para hablar, hace mucho que no estamos. A la media vuelta comentan: ¿has visto qué arrugas tenía o cuánto ha engordado? Ellos, al juntarse, se aporrean la espalda y se dicen ¿joder vaya tripa te has echado cabrón! ó ¿si te has quedado calvo! Después, se van a tomar algo para comentar de nuevo las viejas historias.
Vamos a rescatar al rey Arturo que llevamos dentro todos lo hombres. Los que somos padres sabemos de nuestra responsabilidad en la educación de nuestros hijos y además, a nivel psicológico sabemos que la ley del padre es diferente que la ley de la madre. La figura del padre cobra un papel muy relevante en la estructuración psicológica de los hijos, y ayuda a encontrar la tolerancia a la frustración al sentir la separación afectiva. Es necesario cortar el cordón umbilical y sentirse nombrado caballero de la mesa redonda, como simbolizo con el rey Arturo. Es decir, validado para la vida sin paternalismos. A menudo el código comunicativo del hombre es diferente en cuanto a las emociones, pero no por ello insensible, ni despreocupado. Otra cosa bien distinta es que por la noche el padre esté sin chillar a la hija mientras la madre está fuera de sí porque además de preparar la cena, organizar tareas y encargarse de lo necesario, para esas horas está cansadísima y el hombre se ha leído el periódico tranquilamente o tenía partido de padel. Encima no tildemos de histérica a la mujer.
Siguiendo el hilo de la emoción en el hombre, opino que estamos necesitados de referentes sociales sobre los cuales validar y reconocer sin vergüenza y con autenticidad nuestro mundo emocional. No se trata de cincelarnos para cubrir el ideal de ellas, porque entre otras cosas es inalcanzable y en el fondo no les satisface una marioneta. Se trata pues, de poder crecer hacia la expresión de una ternura segura y genuina. No vale que pasemos de niños a buenos padres, satisfaciendo pues lo que nuestras madres esperaban de nosotros. Necesitamos brotar como hombres y así sentirnos en nuestros sentimientos auténticos. Sólo así, podríamos educar y prevenir tanto desajuste en cuanto a la violencia de género. Cuando el hombre no se siente dueño de manejar sus sentimientos y patológicamente traduce frustración como humillación violenta, la impotencia de su analfabetismo emocional le lleva al empleo de la fuerza como animal depredador.
Hay mucha autocrítica que tendríamos que hacernos los hombres en cuanto a nuestra educación emocional. Bien, y ahora queremos aprender a manejarnos con nuestro idioma emocional. Observamos como cada vez más los hombres se ocupan de las custodias compartidas en las separaciones de las parejas y no precisamente por despecho o para entrar en la rivalidad con la expareja utilizando a los hijos. Ayudemos por tanto, a que se vaya fraguando la nueva revolución social, esperada y deseada también por muchas personas. Caminemos hacia este tipo de igualdad.