Viéndoles ahí, quietitos, lamiéndose el cuerpo o mirando insolentes al tendido, nadie diría que están en el centro de una polémica ciudadana. Los gatos de Sagüés, tan pequeñitos la mayoría, parecen poco gato para tanto debate.
Hay suciedad y olores en las rocas, sí, pero también aromas a canuto, latas de cerveza y cáscaras de pipas en el pretil contiguo, punto de encuentro de muchos chicos y chicas. Un gato blanquinegro estira, perezoso, sus patas, mientras la muchachada ociosa estira sus conversaciones sin hacer caso de los animales. Una convivencia al sol, que no será de postal, pero que a la vista parece en las antípodas de toda crispación.