Sábado, 27 de mayo de 2006
 Webmail    Alertas   Boletines     Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES

EDICIÓN IMPRESA
ARTÍCULO GANADOR DEL III PREMIO LITERARIO TAURINO PACO APAOLAZA
San Sebastián y el aroma de romero
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar

Publicidad

A lo largo de las siete décadas que estuvo en pie la antigua plaza de toros del Chofre de San Sebastián, han sido muchas las faenas que se han quedado grabadas para la historia de la Tauromaquia. Añorado incluso por quienes no la conocieron, la plaza de Gros -como también era conocida- estaba coronada por dos torres gemelas y desde su terraza se divisaba la hermosísima playa de La Zurriola. También era muy característico de este desaparecido coso el color azul de las tablas de la barrera con el número del tendido pintado de blanco. Construida en 1903, fue inaugurada por Mazzantini, Emilio Torres Bombita, el trianero Antonio Montes y Lagartijo Chico, con toros de Ibarra, y por entonces contó con la asistencia del Príncipe de Mónaco y Alfonso XIII, a quienes los diestros brindaron sus toros. Las corridas del Chofre gozaban de una gran tradición, especialmente la corrida del 15 de agosto, en la que se solía anunciar a cuatro toreros para que estoquearan ocho toros. Entre los habituales sirimiris y chubascos veraniegos, en sus tendidos se dieron cita personajes de la talla de Hemingway, Orson Welles, Charlton Heston, Charles Chaplin, Deborah Kerr ó la princesa Soraya, a la que Antonio Ordóñez brindó uno de sus toros. Precisamente en ese coso se retiraría el maestro de Ronda en 1971, aunque volvió a actuar en esa misma plaza en un festival el dos de septiembre de 1973, dando lidia y muerte a la última res que se corrió en el Chofre.

Joselito El Gallo, Belmonte, Manolete, Pepe Luis Vázquez, Julio Aparicio y el propio Ordóñez, entre otros, consiguieron en aquel ruedo grandes triunfos, en una Semana Grande en la que era habitual cada temporada la divisa sevillana de Pablo Romero. Pero hay faenas imborrables que, pese a no cortar el torero trofeo alguno, merecen -por su enorme importancia- ser rescatadas para que nunca queden en las páginas sepias del olvido. Una de ellas fue la de Rafael de Paula ante un sobrero de Martínez Benavides en la Feria de Otoño del 87 en Las Ventas de Madrid; la otra -que hoy quisiera recordar- la protagonizó Curro Romero en la Aste Nagusia de San Sebastián de 1973. Las dos, pese a quedar en una única vuelta al ruedo, alcanzaron unas cotas artísticas inigualables.

El Faraón de Camas, que ya cortó dos orejas en el Chofre en su presentación como novillero en 1958, y también obtendría trofeo en la Semana Grande de 1967 y 1968, hizo verdad el toreo soñado en agosto de 1973, donde demostró su dimensión como toda una figura de época. Según Antonio Solera Gastaminza, autor de Los toros en Guipúzcoa, fue una faena memorable, de ensueño, la mejor tal vez de Curro Romero a lo largo y ancho de su dilatada carrera taurina.

En aquella ocasión, compartió cartel con Palomo Linares y José María Manzanares, con toros de Mercedes Pérez-Tabernero. Debido a que en el reconocimiento veterinario se rechazaron algunas reses de la ganadería titular, se aprobaron para la corrida dos astados del hierro salmantino de Galache. En uno de estos dos toros, lidiado en cuarto lugar, marcado con el número 28, brotaría la genialidad del diestro sevillano

Con su inconfundible capote recogido, Curro recibió al toro con lentas y mecidas verónicas, toreando acompasadamente, con suprema majestad. Remató con dos soberbias medias y lo llevó con torería al caballo de picar, dejando al toro en suerte con una larga que hizo que los tendidos estallaran en una fuerte ovación. Quedó el torero con el capote al hombro, mientras entre el público surgía ese runrrún de faena grande.

Pero con la muleta llegaría el éxtasis, el toreo sublime y eterno del Faraón de Cama. Los pases se sucedían con una lentitud infinita, en una perfecta armonía de toro y torero. Más que dieciséis pases fueron dieciséis lágrimas de torería -como diría un conocido escritor vasco- y hasta el fuerte oleaje de la playa de La Zurriola parecía calmarse ante tan bello toreo. Aquellos muletazos parecían inacabables, de una despaciosidad extraordinaria, especialmente, una tanda por el lado izquierdo, que más que naturales eran sobrenaturales haciendo que el toro fuese al ritmo que le imprimía el torero. Para el recuerdo quedan también dos antológicos pases de pecho rematados de pitón a rabo, sacándose el toro por la hombrera contraria; todo un monumento al arte de torear para que lo inmortalizara el escultor Sebastián Miranda, que se encontraba allí presente.

Decía Rafael El Gallo que torero es aquél que tiene un misterio que decir y lo dice. Y aquella tarde -en la que se despertaron los duendes- Curro Romero consiguió parar los corazones de la afición donostiarra, suspender el espacio y detener al tiempo. Alguien dijo que habría que coger el trozo de tierra donde hizo aquella obra tan perfecta y ponerlos en un museo.

Después de aquel prodigio, el camero quiso poner broche de oro a tan gloriosa faena matando en la difícil suerte de recibir. Tras un pinchazo, el diestro sevillano volvió a citar recibiendo, pero debido a un movimiento extraño que hizo el toro al arrancarse, la espada cayó algo baja y delantera. Esto fue como un jarro de agua fría para aquella gente, que seguía hechizada por aquel milagro de temple, arte y torería. Aún así, después del arrastre del toro, salió el torero a saludar con alguna protesta aislada debido al fallo con los aceros. Una vez dentro del burladero, el público volvió a reaccionar con una impresionante ovación que le obligó a saludar de nuevo dando una clamorosa vuelta al ruedo.

El propio Curro Romero nunca pensó que se pudiera torear a un toro con la lentitud con la que se torea de salón, pero aquella mágica tarde lo consiguió.

Cuentan que el matador de toros José María Recondo, que estaba en el callejón de la plaza, llegó a decir después de tan deslumbrante faena que torear tan despacio tan despacio como lo hizo Curro Romero no lo hacían los demás... ¿Ni sin toro!

Habría que esperar cinco lustros para que San Sebastián volviera a contar con una plaza de toros. Pero antes de que derribaran el viejo Chofre, surgió la genialidad, la hondura, la inspiración, la pureza de unos naturales eternos en la última gran faena de la plaza de Gros, naturales que eran un lamento por el adiós de toda una catedral del toreo y un quejío del alma que en la Sevilla del Norte toreaba a compás de soleares.



Vocento
Agencia Guipuzcoana de Infraestructuras Servicio de meteorología Monitor de tráfico