Alguien se ríe de otra persona, lo ridiculiza. Y ese gesto, como los que suceden a miles cada día, transforma a un niño en un adulto despojado de humanidad, en un ser incapaz de sentir más que el dolor. Al protagonista de este monólogo el desprecio le atrapa más tarde, proviene de la mujer a la que ama. Desde ahí comienza un viaje, físico y emocional, que desembocará en un acto máximo de crueldad y amor al mismo tiempo.
En el camino conocemos a un hombre que se entrega al poder y al dinero para intentar curar sus heridas, para poder acallar ese sonido del desprecio que le acompaña allá adonde vaya. Luis de Val escribe un personaje repleto de humanidad, al que permite justificar sus actos, sus venganzas, su incapacidad de sobreponerse al dolor. Es fácil acercarse a él, no provoca rechazo porque antes que nada le entendemos, diría más: le conocemos bien porque tiene bastante de nosotros.
Eloy Arenas está mejor que cuando la estrenó en esta misma sala hace un año. No es un actor que deslumbre, pero ha conseguido aportar a su personaje una serenidad que antes no existía y que enriquece mucho la obra. Hay un equilibrio entre el desgarro y los momentos menos intensos, un control de los resortes actorales que se agradece. No sé si fue también por la poca gente que había, por el silencio denso, por la cercanía del escenario con el público, pero asistimos a una hermosa ceremonia repleta de intimidad.