Jesús Quintero invitó la otra noche a 'El loco de la colina' a Coto Matamoros, personaje crecido a la sombra de Sardá y que en ningún otro país sería acogido por una cadena pública. Alguien predijo que Quintero terminaría recurriendo a lo «rosa» para salvarse de la quema del 'share'. Ahora también ha echado mano de lo amarillo. Lo que Matamoros puede aportar en una televisión pública es insignificante. Este caballero puede contar detalles escabrosos sobre su propia vida y, sobre las ajenas, pero ¿qué más puede decir? A juzgar por lo que soltó ante Quintero, nada razonable, al revés. Porque, además, esta gente no se corta, perora sobre su 'filosofía de la vida' con un aire de suficiencia que, pasados los primeros minutos de estupor, termina suscitando carcajadas crueles. Así pudimos oír absurdas consideraciones como que todos somos estúpidos y que Einstein era un gilipollas.
Matamoros es lo que antes se llamaba «charlatán»: alguien que habla sin parar, apabullando al que escucha con una incontenible catarata de palabras vacías. La pose que el charlatán adopta suele llevar al oyente a prestar atención, pero esto no hace sino aumentar el daño, porque, una vez cogido en la trampa, la víctima no puede escapar sin que el cepo le arañe las canillas. Sobre el patrón común del charlatán, Matamoros añade un rasgo patibulario: la mirada de suficiencia física, el denso envoltorio de exabruptos y un mohín como de «te meto así». En un plano más psicológico, lo que el espectador podía descubrir era a un hombre obsesionado por su autoconcepto, por hacer que su ego se impusiera sobre una especie de profundo malestar de sí mismo. Pero esto es psicología para modistillas. El plano televisivo, admite sólo un juicio: es impresentable que una cadena pública dedique tiempo y dinero a un personaje tan reprobable, identificado con la telebasura y los peores excesos de nuestra pantalla. Podemos entender que TVE, en su búsqueda de argumentos para compensar sus bajas audiencias, eche mano de recursos de impacto, pero nada justifica que lo haga saltando al terreno de la peor televisión posible. Ni siquiera el 'share'. Que, además, fue pésimo: 12,8%.