Si hace ya décadas, un filósofo definió a Europa (acertadamente) por su situación geográfica como el apéndice de Asia ahora, tristemente, tenemos que temer que Europa se esté convirtiendo en un remolque de los EE UU. Al parecer, un tanto por ciento considerable de los lectores europeos han quedado fascinados por la novela de un escritor norteamericano que pone a bajar de un burro a la Iglesia católica. No dudo de que hay en la historia de la Iglesia católica cosas criticables y condenables. Me vienen a la memoria los magníficos estudios del profesor de la UPV Javier Sánchez Erauskin sobre el Nacionalcatolicismo en la Euskal Herria de la postguerra y el libro del historiador Enrique Dussel, Historia de la Iglesia en América Latina. Estos dos autores, por poner dos ejemplos, denuncian las complicidades de algunos estamentos de la Iglesia con los poderes temporales y lo hacen con una actitud crítica y con una sólida base argumental y documental. Nada de eso hay en la novela de Dan Brown. Es simplemente un producto de marketing que explota los instintos chismosos que todos tenemos. Y es que parece estar generalizada la idea de que todo aquello que permite el derecho está éticamente bien. Como decía recientemente Javier Sádaba, hay una falta de sentimiento de pudor. Porque lo que hace el señor Dan Brown es una falta de respeto a millones de personas, personas que no reaccionan ante tales barbaridades. Es un síntoma de una Europa envejecida, «ocupada» por los americanos y que ha caído en en el nihilismo. Una Europa que desprecia el cristianismo como fenómeno de gran importancia en su fundación. Se rechaza el catolicismo y se busca no se sabe qué. Ya lo decía el gran Chesterton: «Cuando se deja de creer en Dios enseguida se cree en cualquier cosa».
Y una civilización que se desprecia a sí misma lo que hace es ponerse una diana sobre su cabeza.