Aunque no esté considerado olímpico, el deporte de más alto riesgo es el de la superación de los propios límites. Se trata, no de ser mejor que los demás, sino mejor que uno mismo, y no consiste en ganarle a nadie, sino en ganarnos. Ir más alto y más lejos que la sombra que nos acompaña. No defiendo el dopaje, pero bien sabe Dios que si se hubiera inventado una pastilla para escribir sonetos como Quevedo, sería un drogadicto. Ahora han quedado estruendosamente detenidos una serie de personas en una gran operación antidopaje, después -menos mal que no fue antes- de que la Guardia Civil pinchara sus teléfonos, requisara 1.000 dosis de anabolizantes y, lo que es más llamativo, 100 bolsas de sangre, lo que sin duda es el ideal para una excursión de vampiros en un día de domingo.
Muchas personas que querían ser «veloces como el oxígeno», o bien ayudar a que otros lo fuesen, han sido acusados, conforme a la legalidad vigente. Los hay responsables de un equipo ciclista, directores deportivos, médicos de cabecera o de ambas piernas, corredores y propietarios de laboratorio. Todos podrán ser inculpados de practicar autotransfusiones a corredores, o sea, de incorporar a su cuerpo algo que anteriormente le pertenecía.
Hace mucho tiempo que lo que llamamos deporte dejó de ser una actividad meramente deportiva. La acreditada capacidad del dinero para corromper todo lo que toca y lo que aspira a tocar, aunque sea con la punta de las zapatillas, lo ha inundado todo. Se persigue al que quiera cruzar su personal frontera, pero somos muchos los que nos haríamos transfusiones, aunque incurriéramos en un delito contra la salud. Ahí es nada, llegar a superar nuestras propias posibilidades. No es extraño que alguien lo intente. Aunque le cueste sangre.