Y mi madre lloraba. No lo podía evitar. Lo hacía mientras casi 400 personas brindaban de pie en la Alameda a la salud de mi tío Santi. Con el vaso en alto, todos brindaban mientras mi madre lloraba repitiendo: «¿Cómo es que no he llegado a conocer realmente a mi hermano! ¿Cuánto le quería la gente!». Lo decía triste pero orgullosa. Orgullosa de tener a un hermano que se fue demasiado pronto y sin apenas avisar. Orgullosa de ser la hermana de Santi Vicente Altxu: «El hombre con el corazón más grande del mundo», según decía el sábado a la noche uno de sus tantos amigos.
Durante los últimos días de Santi, él no paraba de dar las gracias. «Te lo juro David. Estoy asombrado. Me han venido a visitar mis amigos, pero también los que sólo eran conocidos. ¿Y las enfermeras...? Todas encantadísimas. Me tratan como a un rey. Nunca lo hubiera pensado», solía repetir una y otra vez. «No tengo palabras».
Tampoco hay palabras para agradecer la implicación y el esfuerzo de la gente que decidió homenajearle el sábado. Santi era diferente, único y especial, y yo sólo era su sobrino, uno más. Pero este sobrino el sábado sintió algo que creía que nunca volvería a recuperar: orgullo. A Mikel Martín, a Jaime, Josetxo y a los 400 restantes que acompañaron a su familia el sábado: Gracias por venir. Ya lo cantaba Lina Morgan.