Abro el libro para comenzar el nuevo día y me encuentro con una cita. En los viejos tiempos era frecuente el personaje de película que, en los momentos de congoja, -personales, familiares, empresariales, etcétera-, se acogía al recurso, entre casual y providencial de abrir al azar la Biblia, esa Voz de Dios que estaba siempre en casa encerrada en un libro y que se sabía que siempre estaba expectante, casi con mirada de gozque que pide que se acuerden de él, ojos de mendigo de afectos, que hay una frase, no sé de qué credo, grupo, tribu, etcétera, que coloca a ese Ente velado como limosnero de amor, intérprete de canción popular o hasta de arrabal, no importa... Abro pues, el libro, y leo: «Una mujer se envuelve en blancas lanas. Otra se viste de seda y oro. Otra se cubre de flores, de hojas y de racimos. Yo, yo no sabría vivir sino desnuda».
Bilitis. Es una de las canciones de Bilitis, hija de griego y de fenicia, nacida a comienzos del siglo VI a.C. en Pamfilia, a orillas del Melas, y trasladada luego a Mitilene, amante de Manasidika y que conoció a Safo cuando ésta estaba todavía hermosa y a la que nombra como Pasafa, que así se la llamaba en Lesbos. Sus endechas nos fueron transcritas por Pierre Loüys, epicúreo en las dulzuras del amor, erótico en sus asechanzas y enredos a la hora de plasmarlos por escrito. El azar es piedra de muchos efectos, de luz fría con reflejos de indiferencia en gran parte; hay que saber hallarla a veces, aunque generosa otras, la faceta latidora, la luz titilante, el mágico relumbre; o que destella sin más, al abrir la página como en esta mañana no se sabe por qué mano, o ingenua o ingeniosa. Pero vale haber querido prendernos en la llamada, nunca rechazable, de la desnudez embellecida en sí misma, cabe los ojos que la contemplan y la conciencia que la disfruta. Es decir, la desnudez para el amor, física y psíquica. Y, ¿para la verdad?...
Fantasmas resurrectos. La desnudez es buena, seguro, para la verdad si es que existe ésta; más aún, imprescindible si hubiera que buscarla en cánones no se sabe por qué, aún o quizá nunca, no prescritos. Aunque importe menos para lo que se quiera creer y en lo que siempre se cree; para lo cual, vale todo, o todo vale. Estamos en tiempos propicios para que resuciten fantasmas, que algunos nunca habían muerto, pero que necesitaban de publicidad que siempre llega a producirse, no se sabe cómo tampoco. Si se sabe usarlos bien, hay fantasmas que son filón, yacimiento. Lo fue a la hora de su publicación y sigue siéndolo en su versión fílmica, dicen (no sé si los más o los menos), ese monumento a la baratura de la credulidad humana que me niego hasta a citar su título. El morbo, no hay duda, vende. Y, vender es lo más importante, créanme.
La invasión. Cabe hablar de los cayucos que llegan remando agonías. Ve uno la fotografía de progenies subsaharianas -torsos desnudos, robustos; ceños fruncidos, nebulosos; miradas al infinito cercano, sanguinolentas- y se ve no sólo el hambre (difícil de ver en la potencia corporal de estos pétreos gigantes) sino también la codicia de la felicidad soñada. Supongo que hay en la costa, un pintor, dos pintores, cien pintores, que se asoman a ese mar de alientos desalentados para pintar el cuadro de su vida con la nueva invasión de infinitas tribus nuevas (dejemos para la historia la de los almohades, almoravides, benimerines, etcétera) al igual que por el norte se asoman los cosacos del desierto de Espronceda a quien nunca le creíamos cuando saludaba con su ¿Hurra! poético a los que Europa brindaba espléndido botín. Fila de pintores que notariarán el cambio del mundo, un nuevo cambio para dejarlo igual, la vieja añagaza de mover peones mientras los caballos trotan por los mismos senderos.
El álbum. Y es que sucede que tengo en las manos ese álbum de las Pinturas que cambiaron el mundo. De Lascaux a Picasso (Random House Mondadori, Electa, 2006), y me quedo con las de la tragedia íntima, con El ángel del hogar (de Max Ernst), la contorsionada figura del monstruo que lo relaciona el artista alemán con su impresión de lo que estaba pasando en el mundo pero que no es difícil hallar en esa batalla constante de las cocinas y los dormitorios, del sofá que se anega en sangre, puñales de rabia asesina que declaran la difícil razón de la convivencia, que el ángel del hogar, palabra de Ernst, es un monstruo electrizante, rojo, verde, ocre, bruja retorcida, que no sé si sabe cómo duele, dónde duele, pero que duele; con El grito de Edward Munch, que decía el noruego, y yo no lo pongo en duda, que «se estaba poniendo el sol y, de pronto, el cielo se volvió rojo como la sangre (...) Había sangre y lenguas de fuego sobre el fiordo (...) Entonces sentí el grito enorme, infinito de la naturaleza» pero que todos sabemos que es el grito que se nos quiere salir de muy dentro y no puede, rasca la epidermis de la laringe y no puede, es voz de cavernas humanas y nunca podrá echarse a volar sobre el fiordo, nunca esa lanza del rayo verde que al menos quiere hendirnos en belleza y la boca se nos vuelve endriago, se contorsiona también, toda tragedia es contorsión (externa o interna), ya se sabe; con Melancolía y misterio de una calle de Giorgio De Chirico, que decía el italiano, leo, que «por mi parte, creo que un lugar que paraliza y congela la brillantez del mediodía oculta más secretos que una estancia oscura en la cual alguien celebra una sesión de espiritismo», y va uno a colocarse en esa calle fantasma, la niña con el aro, la sombra siempre ominosa como todas las sombras, la casa de fachada monocorde perdiéndose en perspectiva necesaria por el horizonte...
Ayala. Queda la paz y el perdón y el diálogo, de los que tanto se habla, goznes del imposible teorema del absurdo encargado de anegarnos. En otra pintura del álbum aparece la efigie, pintada por Hyacinthe Rigaud, del Rey Sol, que dicen que dijo aquello de L'état, c'est moi!. Otro megalómano, que no sé quién le pintará, acaba de decir que «la democracia (es decir, él) sabrá dar sus pasos», no hace falta decir en qué dirección, por las trazas muy equivocada. Hablaba otro, vestido de pontifical como le corresponde, sobre el hecho de dar y recibir el perdón, difícil asignatura. No recuerdo dónde, en tierras cercanas de todas formas, han empezado a mover tierras y eran de hueso hominal, tierra de huesos como todo en el mundo, un osario, escenario ideal para ese diálogo de los difuntos que, Francisco Ayala, ilustre centenario, fue a buscarlo a la arena del coso, y le dolió en dolor suyo el dolor del toro, oyó los clarines lúgubres, y encontró varios restos, que detalla. Como en todos los casos, no recuerdo que encontrara, tampoco, la columna vertebral de la libertad, que hace tanto tiempo que nos lo amputaron...