Martes, 23 de mayo de 2006
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BUZÓN
Los límites de la ciudad
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Confieso que la noticia de que se va a edificar en los terrenos del caserío Txenperenea me ha entristecido. La Ciudad, ocupada ya toda la planicie o con proyectos para ello, empieza a escalar las colinas que la circundan de manera tal que, dentro de muy poco, no quedarán otros espacios verdes al norte de la autopista que los que se hayan reservado por ordenanza, todos ellos bastante raquíticos.

Así son las cosas. Irun crece porque ofrece una calidad de vida diferenciada con otros valles y necesita acomodo para esa demanda permanente. Pero todo tiene un límite. Los de nuestra ciudad son el collar formado por el río al norte y la autopista por el sur. En el agua, afortunadamente, no se puede construir; más allá de la línea de separación que marca la autopista, no se debiera.

Tal como yo lo veo, Irun puede convertirse en una megalópolis si se enlazan debidamente sus barrios dispersos sin acercarse demasiado a las dos barreras señaladas de tal forma que, entre la ciudad y su dogal, permanezca una zona verde de expansión. Y, por supuesto, no construir nunca en el monte, más allá de la autopista, límite sagrado para la excavadora voraz. Miren por donde, las obligaciones generadas por el progreso (autopista y servidumbres aéreas) pueden constituir factores positivos.

Las urbanizaciones de Txenperenea y Oñaurre caen de este lado de la A-8 pero se van a emplazar al borde de la vía, demasiado cerca del talud separador. Les faltará espacio para respirar, lo mismo que les sucede a las casas de arriba, en Lapice, aquellas "casas baratas" construidas en una época en la que los problemas de la vivienda se resolvían acudiendo a terrenos de muy bajo precio.

Perdónenme los munícipes, los técnicos y los constructores que aborde de forma simplista un problema de tanta envergadura. Ya doy por supuesto que no acudirán a mi funeral, pero, al menos, no me guarden rencor.



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