He aquí lo que podríamos llamar 'El incidente Noemí'. Noemí Ungría es una joven que ha cobrado fama por su participación en 'Gran Hermano'. Su fama se acentuó por su relación homosexual con otra 'granhermana', de nombre Raquel, y se prolongó después por su traición a ésta para acabar en brazos de otro personaje, Judd, que a su vez pasó a engrosar la lista de 'telefamosos'. Ahora la voluble Noemí ha tenido un accidente de moto, con resultado de fracturas varias. Y en torno al suceso se ha desatado un follón considerable, con repercusión en 'Aquí hay tomate' y 'A tu lado', que ha incluido el enfrentamiento entre el padre de la joven y un reportero tomatero.
Todo apunta a que la clave del asunto está en la cobertura informativa del episodio: alguien hizo fotos toleradas, pero no se permitió hacer lo mismo a otros 'informadores'. Y ahora, la pregunta: ¿Qué puede tener esta gente en la cabeza para que cualquier cosa de su vida, incluido un siniestro, sea convertida en 'materia informativa'? Hace falta estar enfermo, sufrir una auténtica patología de la fama, para tener un accidente de tráfico y, en primer lugar, preocuparse por quién te hace las fotos exclusivas, a quién hay que vetar el acceso al hospital, a quién vender tu pierna rota. ¿No hay una especie de ternura sórdida en la actitud de ese señor, el padre de la chica, que rápidamente acude a los programas 'rosa' para ventilar el suceso, para aportar la voz 'oficial' en el 'acontecimiento', para seguir estirando la venta de «las cosas de la niña»?
La existencia de esta gente, los 'telefamosos', ofrece el aspecto de una primitiva automutilación ritual: uno va poniendo pedazos de sí en el altar de la fama, se va cortando ora un brazo, ora un pierna, y los va depositando en las fauces de la tele para que el monstruo los enseñe a las masas, enfervorizadas en este inagotable canibalismo. La tele ha inventado una nueva forma de vida que se parece a la dibujada por Peter Weir y Andrew Niccol en 'El show de Truman', esa película protagonizada por Jim Carrey, pero con una importante salvedad: en la película, el protagonista vivía en un concurso, su vida era un concurso, pero él no lo sabía.
Noemí, por el contrario, cree vivir en un perpetuo concurso bajo la presencia implacable de las cámaras, y más aún, todos los demás también concursamos, porque consumimos a diario la última noticia -en realidad siempre es la penúltima- sobre las evoluciones vacías de esta gente tan insignificante. La tele nos muestra el mundo, este mundo cerrado y vacío del famoseo, como un escaparate cuyos protagonistas actúan todo el tiempo. Tanto actúan que su existencia entera queda subordinada a la exclusiva y al consiguiente follón en la telerrosa. ¿No es una enfermedad?