La tarde en la que El código Da Vinci se estrenaba en 17 pantallas gipuzcoanas, seis personas optaban por acompañar a Irène en su búsqueda del amor, la cordialidad, la compañía, la pasión y la alegría de saberse viva y en Paris.
Hay que reconocer que la tarea de acompañar a esa señorita normanda a lo largo de 100 minutos de cinito pequeño llegado a la pantalla del Trueba desde algún almacén zaragozano donde dormitaba desde el lejano año de su producción (2002) tiene su mérito. Irène es una irritante mezcla de la surreal Amèlie que tanto amaron aquí y allá y de la británica Bridget Jones aunque en delgado y en monjil. El espectador diría que Irène tiene todo lo que se merece o que se merece no tener nada de lo que parte del resto de la Humanidad posee: amigas que no resulten insoportables, algún que otro noviete, padres que no luzcan tan rematadamente franceses y un frigorífico bien aprovisionado. Irène pertenece a un plantel de figuras femeninas bastante insoportables que se han apoderado de la cartelera donostiarra: la adolescente perra de Hard Candy, la fotógrafo alucinada de ¿Y tú qué sabes? y, por supuesto, la Audrey Tatou de El Código Da Vinci quien, cuando le dicen que es la heredera directa de María de Magdala y del Cristo se queda como si le hubiese mandado un mensaje publicitario su compañía de telefonía móvil.
Irène película se salva, mayormente, porque tiene un personaje masculino bastante chisgaravis e interesante (un chico con moto de tacos y piano en el apartamento merece la pena aunque esté separado y tenga un niño de 12 meses) y porque cae simpaticuela. Sobre todo porque puestos a venderse, lo hace anunciando que ganó un premito del público en el Festival de cine francés de Zaragoza. Pues nosotros, encantados. Irène se ve tranquilamente. Su cámara no se revuelve, su guioncito es de una cándida memez y el bebé que sale en la cuna es hijo de quien compuso la banda sonora. Pues nos alegramos. Además, sirve como clase práctica de francés y da unas cuantas ideas de cómo prepararse una comida sana y de qué hacer con el piano que incordia en casa de los padres. Y sólo por 5 euros 50.