SAN SEBASTIÁN. DV. «Yo ya no compro lechugas. Prefiero abrir una bolsa de ensalada que ya viene lavada y cortada y además con lechugas distintas. Es algo más cara, pero me ahorro tiempo y trabajo», dice Carmen en un supermercado céntrico de Eibar.
La opinión de Carmen parecen compartirla muchos consumidores, porque lo cierto es que las ensaladas en bolsa han invadido los puestos de verdura de los supermercados. Hace apenas seis años este producto era prácticamente invisible, pero en poco tiempo el número de variedades y de productores se ha multiplicado. En cualquier supermercado medianamente abastecido se pueden encontrar hoy al menos media docena de variedades de ensalada, desde las más sencillas a las más sofisticadas, y tres o cuatro marcas distintas.
Su éxito hay que achacarlo a los cambios de hábitos de los consumidores, que ya no acuden a los mercados tradicionales, pero sobre todo a la gran ventaja que supone disponer de un producto ya cortado, limpio, que incluye diversas verduras, y que la única acción que requiere del consumidor es abrir la bolsa y aliñarlo.
Inicialmente incluían pocas variedades de verduras, pero ahora hay ensaladas para todos los gustos, con escarolas lisas o rizadas, lechuga verde y de hoja de roble, batavia, ruckola, achicoria, col lombarda y col blanca, escarola, canónigos, perifollo, zanahoria, berros, apio, rabanitos...
A precio de chuleta
Claro que la comodidad tiene un coste. Prácticamente es imposible encontrar una ensalada cuyo precio por kilo baje de los 4 euros (hay que tener cuidado al calcular, porque las bolsas vienen con cantidades que oscilan entre los 150 y los 350 gramos). Una de las marcas más conocidas ha lanzado unas ensaladas de lujo con aliño sofisticado (tomate, albahaca, aceite de oliva y vinagre de estragón) o con una bolsita de gulas. Pero el precio, 3,45 euros la bolsa de 200 gramos, es casi disuasorio: a 17,25 euros el kilo, se quedan a pocos céntimos del kilo de chuleta de ternera (en el momento de realizar este reportaje, a 17,50 euros).
La misma marca ha empezado a comercializar también ensaladas individuales, listas «para comer en cualquier lugar», dispuestas en un contenedor de plástico a modo de plato que incluye un tenedor y una salsa. El objetivo es captar a los consumidores urbanos que comen entre horas, en un descanso del trabajo o los estudios; los mismos que se acercan a los establecimientos de comida rápida y adquieren una ensalada «para llevar». Su distribución aún es incipiente pero pronto llegará a los supermercados, y la imagen de los jóvenes estudiantes o profesionales comiendo su ensalada en el parque, tan común en las estampas neoyorkinas, se convertirá en algo habitual.
En todo caso, las ensaladas preparadas están de moda. El envasado en pequeñas cantidades resuelve el problema de tener que comprar tres o cuatro variedades de lechugas y ver cómo languidecen en el frigorífico si no somos capaces de comerlas durante varios días seguidos.
Virtudes dietéticas
Además, están sus alabadas virtudes dietéticas, que son las que atraen a un sector de la población cada vez más preocupado por la alimentación saludable. Al componerse mayoritariamente de agua, las lechugas apenas tienen 14 calorías por cada 100 gramos, mientras que el producto más calórico que suelen incluir, la col, sólo llega a las 29. Su contenido en grasas es también inapreciable, aunque se debe controlar el aporte adicional del aceite o de las salsas, que al ser muy altos en calorías, pueden arruinar cualquier dieta.
Por lo demás, sus aportaciones más notables son la fibra y las vitaminas. Sin embargo, al estar las verduras troceadas, el contenido en vitaminas puede descender notablemente.
La elaboración de estos productos es muy sencilla. Una vez recogidos las verduras de la huerta se lavan para eliminar insectos, tierra o restos de pesticidas y se refrigeran inmediatamente para que no pierdan sus propiedades. A continuación se envasan en una atmósfera modificada en la que se ha disminuido la proporción de oxígeno para reducir el proceso de oxidación de los vegetales. Es muy importante que el envase no tenga fugas, porque si no las verduras «respiran», comienzan a marchitarse y pierden sus vitaminas y minerales. La refrigeración es también imprescindible para alargar su duración y para evitar que puedan contaminarse y que proliferen los microorganismos.