Viernes, 19 de mayo de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
LA CALLE DE LA MEMORIA
1938. La osa Úrsula da sus primeras vueltas en Igeldo
1938. La osa Úrsula da sus primeras vueltas en Igeldo
En una imagen de los años 40, una cabritilla da una vuelta por el parque de atracciones.
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Para un servidor, los recuerdos infantiles del parque de atracciones de Igeldo se materializan en el vértigo de la montaña suiza -un montículo si la comparamos con las grandes montañas rusas de los modernos parques temáticos- y en aquella casetita en la que echabas una moneda y alguien te devolvía por una ranura un papelito con mensajes sobre tu porvenir o con la foto de tu futura esposa, que siempre se parecía a alguna actriz antigua.

Pero para muchos donostiarras veteranos, para muchos paseantes de esta calle de la Memoria nuestra, el parque de atracciones de Igeldo tiene nombre de osa. Se acuerdan de Úrsula, la entrañable osa que daba vueltas y más vueltas en una noria dentro de una pequeña noria.

En algún foro de diariovasco.com dejaron escritas impresiones como esta: «Siempre he creído que murió mareada de dar tantas vueltas y revueltas. Y, supongo, entristecida de hallarse prisionera, paradógicamente, ante la inmensidad del mar. ¿Puede haber un destino más cruel?»

Úrsula llegó a Igeldo en mayo de 1938. Allí sería la reina de las miradas infantiles durante más de veinte años. Encontró en su jaula el descanso que le había faltado años atrás. Se cuenta que fue capturada en plena Guerra Civil cerca de Cangas de Narcea, en los montes del Monasterio de Hermos. Algunos miembros del Cuerpo del Ejército de Galicia se hicieron con Úrsula, entonces una pequeña osita de apenas dos meses de vida, y la convirtieron en su mascota.

Con aquella unidad militar recorrería Úrsula la península en guerra, desde Asturias hasta Levante. Pero la osita se fue transformando en osa por el camino. Creció y empezó a hacerse incómoda como mascota. Hasta que el general Aranda, al mando del Ejército de Galicia, decidió donarla al parque de atracciones donostiarra, a donde llegó el 25 de mayo de 1938 para empezar a dar vueltas en su enjaulado recinto.

Antonio Elorza la vio como una metáfora de la guerra desde el bando perdedor: «en un agujero la enloquecida osa Úrsula daba incesantes vueltas (...), convertida en emblema viviente de la situación del País tras la derrota de 1937». Otros sólo se impresionaban ante la bestia encerrada y discutían sobre si sería cierta la leyenda urbana que aseguraba que la tierna Úrsula había devorado a un perrito que se había colado entre sus barrotes.



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