EN «El nuevo espacio público», el filósofo Daniel Innenaraty (Bilbao 1959) lanza una aguda mirada a la complejidad de la sociedad contemporánea para teorizar sobre la necesaria renovación de la política democrática en su nuevo teatro de operaciones de la representación pública. Todo ello a partir de un riguroso y sólido alegato por el pluralismo social y político que constata el final de determinadas sociedades homogéneas, el ascenso del populismo, la privatización de la religión, la transformación de los estados-nación o los cambios en la ciudad como espacio público. Investigador de la gestión democrática de la complejidad de las sociedades modernas, vuelve a incidir en su tesis sobre la imprescindible transformación del poder político y una necesaria educación en valores ciudadanos. Para ello ofrece algunas pautas claves sobre la renovación de la política en las sociedades contemporáneas en las que lo público se confunde cada vez más con lo privado en una mezcla de intereses y de perfiles que dibuja un horizonte impreciso.
Innenarity ahonda en un contexto en el que el espacio público ya no es el ágora de discusión de los clásicos, y en el que los medios de comunicación, nuevos paradigmas de banalización de «los acontecimientos», reproducen el papel de los mitos del pasado.
Una realidad en la que la tiranía del presente entiende a la política como un espectáculo cada vez más superficial. Innenaraty -doctor en Filosofía y catedrático de la Universidad de Zaragoza- bucea en la investigación ya iniciada en sus anteriores libros «La transformación de la política» y «La sociedad invisible» para incidir en los cambios experimentados en el espacio público, con una opinión pública cada vez más marcada por la confrontación superficial y que no asiste a auténticos debates, en la que prima el espectáculo y la imagen.
El espacio público pierde entonces su naturaleza de mediación para convertirse una mera arena de confrontación plebiscitaria. El filósofo teoriza sobre la «democracia deliberativa», un proceso abierto y dinámico en una sociedad donde priman las sensaciones frente a los argumentos. «Vivimos en el espacio emocional, en la sociedad de las sensaciones» en la que la función de la política consiste en «civilizar lo emocional».