Si el señor Izeta afirma como biólogo que «el ser humano es biológicamente un primate», entenderá que muchos nos hagamos la legítima pregunta sobre cómo se explica el salto cualitativo entre el simio y el hombre. Si resulta que el genoma del mono y del hombre coinciden al 99%; ¿en qué se basa la diferencia tan esencial entre ambos? ¿Cómo es posible que el hombre sea capaz de desarrollar acciones espirituales (arte, filosofía, religiosidad, etc ) que son inexplicables desde sus instintos biológicos? Si la biología es incapaz de explicarlo, la antropología filosófica tiene una explicación: la existencia del alma. Por ello, discrepo del señor Izeta en la crítica que realiza al artículo del señor Munilla (De la evolución a la involución: volvemos al mono, DV 10-05-06). Yo soy químico de profesión, y no se me ocurre pensar que no exista más que el método experimental para conocer la realidad. ¿Sería un dogmatismo imperdonable por mi parte! La antropología filosófica, que es también una ciencia, llega a la conclusión de la existencia del alma utilizando el principio de causalidad. Si el hombre es capaz de realizar acciones espirituales, no reductibles al instinto biológico, es perfectamente coherente la deducción filosófica de la existencia de un principio espiritual en el hombre. Dejando a un lado mi condición de químico, me uno a la crítica de José Ignacio Munilla a la iniciativa política socialista de apoyo al proyecto Gran Simio. Hecho también en falta que el señor Izeta se posicionase en su carta sobre este vergonzoso asunto, que era precisamente de lo que se trataba en el artículo al que criticaba.