Martes, 16 de mayo de 2006
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Odios
«Es antológico, ya se sabe, el refunfuño constante de la ancianidad, su bronca imprescriptible a todo lo que, de novedoso cuño, le parece que puede ir contra sus intereses»...
La fuga de los sentidos hace crecer los odios. Lo estoy comprobando personalmente. A medida que se hace uno viejo viejísimo, la lista de odios va creciendo, y llega un momento en que uno se da cuenta de que el montón de los odios ha ido creciendo en forma piramidal, odios hacia cosas y personas, hacia lugares, hacia faunas y floras, hacia tribus y pueblos, hacia enseres, hacia lenguas, hacia vehículos, hacia usos y costumbres, hacia cocinas, que es que me voy rindiendo a la evidencia de que la mayor parte de lo que me va rodeando es, o puede ser, objeto de odio por poco que los años me hagan exudar más y más efluvios, que aumenta hasta tal punto esta sensación de sudores malévolos, que llega a pensarse si no estaré enfermo de paranoia. Escribe Harold Bloom en el apartado que le dedica a La subasta del lote 49 de Thomas Pynchon en Cómo leer y por qué (Anagrama, 2000), que «hasta los paranoicos tienen enemigos» poniendo en parangón a los dos personajes de este relato, Tristero y Edipa Maas. Merece, creo, pararse a considerar lo que se dice unas líneas más adelante: «el lector debería llegar a querer a Edipa Maas, siempre bienintencionada aun cuando no entienda nada. La inquebrantable buena voluntad universal de Edipa ofrece un agudo contraste con la paranoide conspiración del Tristero que ella o bien descubre o bien inventa en parte». La bienintencionalidad y el amor como remedio del odio, por lo tanto; como remedio de esa supuesta paranoia que nos dirán que sufrimos a poco que nos reafirmemos en el convencimiento de ese odio derramado del que se trata, que hay muchos que tienen vocación de psiquiatras a la hora de enjuiciar nuestros brotes mentales y van por el camino fácil de asignarnos una dolencia que, por supuesto, ellos no sienten ni sentirán nunca ninguna que eso queda para los demás. Aunque, habrá que conceder que, acaso tengan razón, que hasta he llegado a pensar, más de una vez, que la enfermedad terminal más segura desemboca inevitablemente en la paranoia, que sucede así cuando el mundo da como un vuelco, la patera o cayuco en el que todos navegamos por procelosos mares naufraga y si llega a puerto lo hace con un cargamento que da lástima, y la vida, que es esa materia gomosa que se nos prende indehiscible hasta que exhalamos el último suspiro, es una bolsa que se nos va vaciando de ilusiones mientras los odios crecen, se nos apilan en el brocal hasta el punto de que ya rebosan y se desparrama su contenido. Será, supongo, que el alma se nos ha ido a perder en el delirio de lo antagónico y el mundo que contemplamos es como nido de serpientes silbantes, que también puede ser la descripción más cercana de lo que por paranoia se entiende en términos populares.

Davis Grubb. Entre el amor y el odio posiblemente, se desarrolla la tragicomedia de la vida. Lo sabía El Predicador en la novela de Davis Grubb La noche del cazador (Harper & Brothers, N.Y. 1953-Anagrama, 2000), que peliculó con maestría insuperable en su único filme, Charles Laughton, y con los nudillos de Robert Mitchum como tablero: '¿Óyeme, Ben! ¿Ves esta mano que alargo? ¿Ves las letras que hay tatuadas en ella? ¿Amor, Ben, amor! ¿Eso es lo que significan! Esta mano, mi mano derecha, es Amor. ¿Pero espera, Ben! ¿Mira! Por la ventana entra suficiente luz de luna para que lo veas. ¿Mira, muchacho! ¿Mira mi mano izquierda! ¿Odio, Ben, odio! Ahí está la moraleja, muchacho. ¿Estas dos manos son el alma de cualquier ser humano! Odio y amor, Ben... Las dos manos están enfrentadas mutuamente desde la cuna hasta la sepultura». Pero, aun sin llegar a las cimas de este odio que merecería serlo shakespeariano, hay veces en que pienso que esta floración odiosa que a cierta edad nos aqueja, puede tener que ver con un síndrome de enfermedad ampliamente extendido: el de Peter Pan. El mundo está lleno de infinitas masas de gentes que son como niños; seres que, como en el caso del entrañable personaje de James M. Barrie, no quieren crecer, o, al menos eso cabe pensar de su comportamiento y que tienen su mejor reflejo, en un espejo al que no podemos eludir mirar a lo largo de todos los días, como el de los deportes, por ejemplo, entre los que escogeríamos, preferentemente los mayoritarios. Acaso sucede, también, que a la pasión le han dejado tan pocos cauces de posible uso, viejas pasiones admirables ya extintas o tan agostadas, que de las pocas que nos quedan está la pasión de jugar, la dimensión puramente lúdica aún dejando en manos de otros su desarrollo (las patadas en el fútbol, las pedaladas en el ciclismo, los golpes de raqueta en el tenis, el volante en los pilotos, etcétera); el circo romano se prolonga aunque aligerado de presencias de sangre, y con el juego entretenemos todas las demás pasiones, convirtiendo el juego, preferentemente el físico, en nuestra mayor excusa para erigir dioses, esos elementos tan necesarios para los hombres que, sin ellos, no se sabría vivir. Por algo señaló G.K.Chesterton desde su frecuentemente proclamada ortodoxia católica que cuando el hombre deja de creer en Dios hace crecer dioses, los elabora con artesanía caprichosa, los embellece con una buena capa de obsesión, hasta de fanatismo, un buen racimo de ellos en los que viene a creer contra todo vestigio racional y con los que llena estadios y circuitos.

Tabarras. Cabe preguntar por el por qué de esta creciente marea de odios, cuando lo que pide la lógica de la conveniencia es un cargamento de sentires de diametralmente opuestos ánimos. Es antológico, ya se sabe, el refunfuño constante de la ancianidad, su bronca imprescriptible a todo lo que, de novedoso cuño, le parece que puede ir contra sus intereses. Pero esto nos podría llevar a engaño, porque todos somos egoístas comodones y la ancianidad no lo disimula, y lo que más nos incomoda, nos perturba y nos pone nerviosos, son las tabarras que nos dan con toda clase de prácticas que, siendo inocuas por naturaleza, se vuelven ponzoñosas de tanto dar la lata, y es difícil sentirse cómodo cuando, como se consta, el mundo está lleno de esquirlas hirientes que, inevitablemente, en todo momento nos arañan nuestra cada vez más sensible epidermis. Aunque, curiosamente, lo que más nos daña igual es que sea lo mismo, la misma afición, la misma tendencia que hace felices a otros; a eso que, si a unos les lleva hasta la mismísima apoteosis divina, eso que se designa con la frase hecha de tocar el cielo, a otros nos sume en tales estados anímicos que van desde la postración hasta la exasperación, en este último caso hasta con peligro de caer en crisis asesinas.



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