El ciclista, con sandalias y macuto negro, se detuvo y apoyó su mano en el semáforo de la avenida de la Libertad (cercano a la calle Churruca, ante la Casa Durant).
El semáforo osciló levemente, muy levemente si nos fijamos en su base. Rebajaron la acera y la parte inferior del semáforo ha quedado apoyada en una esquina y dando la impresión de estar sobre el vacío en el resto.
El aparato está anclado y, de momento, aguanta. Ni se mueve si no lo tocas. Pero cuesta resistirse a apoyar la mano en él ante la sensación de inestabilidad, de ingravidez que desprende. Un semáforo que desafía la ley de la gravedad.