En el 2000 llegaba Sami, un chaval de once años que, como sus 39 compañeros, aterrizaba en Donostia a pasar el verano lejos de los 50 grados que asolan los campamentos. Las revisiones médicas detectaron que Sami padecía el síndrome de Beuren, un estrechamiento de la aorta que limitaba su esperanza de vida. Era pequeño para ser operado y volvió a su vida normal hasta que pudiera pasar por quirófano.
Y Sami volvió, aunque la gravedad de la intervención complicó en demasía su estancia. Se convirtió en un sobrino de todos los responsables de Cooperación, recuerda Arritxu Marañón. Sami es tan alto como su constitución física prometía, «se encuentra fenomenal» y es pastor de cabras en el agreste desierto argelino.