Abrir un yogurt, subir escaleras, utilizar correctamente el baño, cruzar la carretera, obedecer al semáforo o guardar cola para esperar al autobús son algunos de los hábitos a los que los chavales deben acostumbrarse cuando llegan desde los campamentos. A algunos les resultan extrañas, incluso, las puertas o no poder salir a la calle en cualquier momento. Mavi Tabernero no es amiga de generalizaciones salvo de una: «son muy orgullosos y si les preguntan si saben nadar o montar en bici siempre dicen que sí, aunque la mayor cantidad de agua que hayan visto junta sea una botella de litro y medio. No hay que fiarse cuando dicen que saben hacer este tipo de cosas. Eso sí, luego aprenden rápido».
Los responsables del programa Vacaciones en paz han comprobado que, «como ocurre con todos los niños», es importante poner límites desde el primer momento y no dejarse llevar por una cierta lástima.
Las familias tienen un apoyo importante en los monitores, que además de organizar actividades conjuntas en las que pueden participar, están a su disposición para cualquier duda o problema. Los niños pasan dos meses en la ciudad, no uno como al principio, pero puede ir de viaje con la familia a cualquier lugar siempre que esté dentro del Estado. El coste del traslado de los pequeños desde los campamentos lo paga el Consistorio, (en Bilbao o Andalucía corre a cargo de los padres de acogida) y si la convivencia no funciona el niño puede cambiar de hogar.
No es lo frecuente. Sin embargo, explica Arritxu Marañón, el año pasado una niña fue cambiada tres veces de grupo hasta que llegó a la casa de Txuri Aranburu, directora municipal de Juventud y Cooperación, veterana cooperante con el Sahara y habitual madre de acogida. «Se encontraba cerca el regreso a su hogar y dejaron de darle aquellos bajones de tristeza».
Txuri cuenta con una larga experiencia en una cuestión que a veces preocupa a algunos padres, la relación de los chavales que llegan con los que viven en casa. Como la han tenido históricos de la acogida como Mikel Azkue y Ana San Vicente, como Iñaki Gurrutxaga y su mujer Ana, que encabezaban una gran cuadrilla de familias. Arritxu Marañón reconoce que la convivencia entre niños puede plantear situaciones de celos. «Una mujer nos contaba que su hija y la niña saharaui se tumbaban una a cada lado de su cama para acariciarle el pelo. Una no podía invadir la parte de la otra». También es frecuente, sin embargo, que se hagan parejas de amigos inseparables. «Hace poco nos contaba una familia que su niña no quiere irse de colonias porque va a perder una semana de estar con la cría saharaui... «Pasa lo que pasa en todas las familias», concluye Mavi.